La primera es, que los Autores coetaneos al suceso, ó poco posteriores hayan podido notarlo, esto es, no hayan tenido el estorbo de decir la verdad por respetos humanos, ó por miedo: que hayan tenido ocasion de observar el hecho, ó de asegurarse de él, y que tuvieran facilidad de escribirle.

Pero si no lo conozco... ¡Ay, madre Larín!... ¿Quisiera usted escribirle una cartita... deux mots, recomendándome?... Dígale usted cuáles son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con que procedo siempre... Así me escuchará con benevolencia... Usted me conoce bien, madre Larín... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Se tiene de un concepto tan falso!...

La Regenta sonrió a don Fermín y dijo: Dirá usted que soy una loca; ¿para qué escribirle cuando podemos hablar todos los días? No pude menos. ¡Soy tan feliz! ¡y debo en tanta parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A veces me reprendo a misma porque pienso que robo a Dios muchos pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvió escoger para salvarme.

Por eso no lo acuso a él, sino a usted... ¿Cómo le ha permitido usted hablarle de su amor y escribirle, cuando el honor exigía que le hiciera callar a la primera palabra? Es verdad... He hecho mal, y lo siento amargamente... Piense usted, sin embargo, que nuestro porvenir era incierto y nuestro casamiento una eventualidad lejana.

Sonrióse el fiel escudero, ofreció al barón escribirle en un santiamén cuantas cartas quisiese y poco tardó en quedar firmada y sellada la en que el caballero refería ligeramente los principales episodios de su viaje, el encuentro con los piratas, la desgraciada muerte del joven escudero Froilán de Roda, su presentación en la corte y cómo se proponía salir sin tardanza para Montaubán, donde el resto de la famosa Guardia Blanca de su mando entretenía sus ocios quemando y saqueando.

Clara se puso como la grana; su primer pensamiento fué romper la carta; pero le ocurrió que podía ser de Lázaro. Tal vez el pobre muchacho se había decidido á escribirle, no pudiendo verla, y se valió del abate, que era sin duda su amigo. Guardó en el seno la carta, y esperó. La devota no tardó en venir, y se sentó junto á ella.

Es necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á escribirle. Pero Clara, ¿tienes seguridad de ese hombre? dijo la reina asustada por la violenta salida de doña Clara. El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós, necesito prepararme. Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.

Por donde mi libro deja de ser insignificante, se transforma en docente ó en documental y merece ser publicado y hasta leído. Creo, por último, que, si al escribirle he desechado toda preocupación interesada y le he escrito con buena fe, candorosa y sencilla, alguien me leerá con gusto, si no con provecho, y esto me basta. DISONANCIAS Y ARMONÍAS DE LA MORAL Y DE LA EST

Un enternecimiento súbito o intenso de gratitud y cariño hacia Juan los invadía. ¡Qué dicha, poder hacerlo feliz a mi vez! La idea de mi propia felicidad se aumenta al pensar en el amor que me tiene. Madre, ¡si supieras cuánto me quiere! Pero ¿qué vamos a hacer ahora? , parece olvidas que eres la novia de Huberto Martholl, hija mía... ¿Quieres dejarme escribirle?

Velarde sintió la necesidad de escribirle al punto, de vaciar en un papel aquel cariño, aquella angustia, aquellas lágrimas que le asfixiaban, y a grandes pasos tomó el camino de su casa, repasando lo que había de decirle, hilvanando una carta llena de cariño, de protestas, de esperanzas halagüeñas, de todo lo que a ella más le gustara... ¡Celebraba ella tanto sus gracias! ¡Cuánto se había reído veinte años atrás, cuando explicándole un día el catecismo, se espantaba él de que fueran sólo tres los enemigos del alma!