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Actualizado: 28 de diciembre de 2025
Habría querido dejarme caer nuevamente con los ojos cerrados en la esquina del sofá y fingir todavía un poco el desvanecimiento, pero me levanté vivamente y dije: Creo que Marta no cerrará los ojos esta noche; esperará el momento en que salgas de la casa. Querrá verte partir; como su habitación da al jardín, vendrá a la tuya o a la que está al lado.
Quiero verte..., nada más que verte alguna vez. ¡Mira que estoy dispuesto a todo!
Me gusta verte así. ¿Hay nada más hermoso que la muerte? ¡Morir, acabar de penar, desprenderse de todas estas miserias, de tantos dolores y de toda la inmundicia terrenal! ¿Hay nada que pueda compararse a este bien supremo?... ¿Concibe el alma nada más sublime? ¿Y después? dijo Fortunata, que aun sabiendo con quién hablaba, oía con mucho gusto aquella manera de considerar la muerte.
Cuando volvieron, el conde acariciaba tiernamente la mano de su querida y sonreía, al hablar, con arrobada expresión de felicidad. Muchas veces me he propuesto dejar de verte. Por la noche, estando a solas en la cama, me entran terribles remordimientos. Entonces me digo: «Es necesario que esto concluya.
No, hijo, nada; no tengo nada... ¡Es que quería verte otra vez, hijo del alma!... ¡Es que te vas mañana!... Y volvió a decirle al oído, llorando, con la energía de la fe que ofrece un remedio seguro, con la angustia del amor que se agarra a una esperanza: ¡Que reces a la Virgen de Regla, Juan!... ¡Que seas siempre buen cristiano, hijo del alma!
La posibilidad del nuevo matrimonio mencionado por ella evocó en su memoria el objeto del viaje realizado por Desnoyers. No habían tenido tiempo para escribirse durante la corta separación. ¿Conseguiste dinero? Con la alegría de verte he olvidado tantas cosas... El habló adoptando el aire de un hombre experto en negocios. Traía menos de lo que esperaba.
Sí, sí, has ido a ver a tus amigos dijo riendo Luisa ; lo sé todo; mamá Lefèvre me lo ha contado todo. ¿Cómo, tú lo sabes?... ¿Y no te impresiona nada?... Me alegro, me alegro; eso prueba tu buen sentido. ¡Y yo que temía verte llorar! ¡Llorar! ¿Y por qué, papá Juan Claudio? ¡Oh! Yo tengo valor; tú no me conoces, por lo visto.
Debo acompañarla, ahora más que nunca... Mañana, si puedo, iré á verte.» Al fin volvió á la rue de la Pompe. Su primer cuidado fué explicar á Julio la modestia de su traje tailleur, la ausencia de joyas en el adorno de su persona. «La guerra, amigo mío.
Ya me acostumbré a verte por aquí.... Oye: ¡se me olvidaba! ¿Quieres tomar chocolate? ¡Con franqueza!... Si quieres... llamaré a María para que te haga el chocolatito. ¿No? Pues tú te la pierdes. Ven a visitarme, aunque sea de cuando en cuando, y un ratito, para que no digan las tías que te alejo de allá.
Aquí mismo, en tu país, te alcanzará su venganza. ¡Huye! No sé adónde podrás ir para verte libre de ellos; pero créeme... ¡huye! El marino salió de su despectiva indiferencia. La cólera dió un brillo hostil á su mirada. Se indignó al pensar que aquellos extranjeros podían perseguirle en su patria: era como si le atacasen dentro de su mismo hogar. El orgullo nacional aumentó su cólera.
Palabra del Dia
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