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No , no dijo verdaderamente asustado Montiño. Tratándose de la honra de su majestad dijo severamente doña Clara , ya comprendéis, Montiño, que es necesario obrar de una manera enérgica; creo que os será preferible confesar ante que ante otra persona...

Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo más hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotes de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una risa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respiraba alegría y amor a la vida.

Ese portento de hermosura habrá caído en las redes de otra persona, que no en las mías. Yo lo que me digo exclamó D. Pedro con atronadora voz y basta. Denme licencia para retirarme, que avanza la hora y esta tarde he de embarcarme con la expedición que va al Condado de Niebla a operar contra los franceses. La ociosidad me enfada y deseo hacer algo en bien de la patria oprimida.

Garmendia les sacaba fuera de quicio con sus observaciones, al parecer ingenuas, pero de doble fondo. El boticario decía, por ejemplo, que había conocido algún protestante o judío, buena persona, y añadía que era para él muy extraño y muy triste que un hombre que profesaba una religión falsa pudiera ser mejor que muchos católicos.

Nos volvemos desconsolados, y cuando hablaba todavía con mi mujer acerca de lo que podria suceder á nuestro buen amigo, me doy de cara con una persona muy allegada al Viejo Lesperut. El sujeto en cuestion nos dió noticias de él, y convinimos en que esta noche nos veriamos en el paseo del Palacio Real, cerca de una glorieta donde soliamos sentarnos.

Toda persona de rectitud y caballerosidad, atenta al buen servicio de la religión y del rey continuó no puede menos de encontrar premio a su trabajo. Yo sentí mucho que mi hijo no siguiese en el ejército algún tiempo más...

Pues vuelve donde él y dile que, si no se allana a pagarte, voy yo mismo dentro de cinco minutos por mi plata. Fray Antolín regresó al portal, y al verlo don Marcos entrar por la puerta de la tienda, le dijo: ¿Vuelve usted a fastidiarme? Nada de eso, señor Guruceta. Vengo a decirle que dentro de pocos instantes estará aquí fray Venancio en persona a entenderse con usted.

Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar la persona más lince ni propalar la más maldiciente, que en la conducta de Rafaela contradijese los propósitos expresados por ella en su coloquio con el Vizconde. Se diría, por el contrario, que ella se extremaba en realizarlos. Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaquín eran incesantes.

Me pasé la tarde con mis tías.... Andrés fué a comer con nosotros, y allá, como a las seis, me propuso que saliéramos a dar una vuelta. El viejo servidor estaba contentísimo. ¡Qué gusto! exclamaba a cada rato. ¡Qué gusto! Hijo: ¿no te lo dije? El señor don Carlos es muy buena persona. Apúrate, aprende esas cosas del comercio que antes no sabías, y ¡adelante, hijito!

Se creía estar oyendo a la persona que imitaba. Pero sólo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad. Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepción palaciega. Hacía sentar a Clementina en un trono que armaba rápidamente en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la política desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso.

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