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»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la capilla, Carlos no había aparecido. »Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse en el castillo.

Don Carlos, en efecto, se había hecho liberal de los avanzados; y de los estudios físicos matemáticos había pasado a los filosóficos; y de resultas era un hombre que ya no creía sino lo que tocaba, hecha excepción de la libertad que no la pudo tocar nunca y creyó en ella muchos años. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tenía poco de tranquila.

Los navarros, vascongados, catalanes, etc., al combatir bajo la bandera de Don Cárlos, lo hacian, pues, mas bien por sostener su autonomía que por apoyar el absolutismo.

Para dirigirse á Guantánamo, plaza de la cual acababa de ser nombrado comandante militar, el coronel de Infantería Jefe del Segundo Regimiento Sr. Carlos Machado y Morales, había tomado pasaje en el tren que parte de Santiago de Cuba á las 2 y 15 de la tarde, en unión del Teniente de Sanidad Militar Dr. José A. Cabrera y el Segundo Teniente señor Alfonso.

Vasta, sombreada por magníficas arboledas, poblada de jardines alegres, encuadrada por bellos edificios y llena de luz, interesa tambien por su hermosa estatua ecuestre de Cárlos V, en bronce, situada en el centro y rodeada por un vasto círculo de estatuas de todos los reyes godos y españoles, en piedra bruta, algunos del mas macarrónico trabajo y en lo general escasos de mérito artístico.

Entre la joven población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos, Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc.

El noble mancebo entra en el servicio de las armas para buscar fortuna, bajo las banderas de Carlos V; toma parte en la expedición á Túnez y en las guerras de Italia, y aunque hace prodigios de valor, son mal recompensadas sus hazañas, y la tristeza que le produce esta injusticia, se aumenta todavía por la circunstancia de no recibir noticia ni carta alguna de su amada.

»Me matará si quiere dijo el anciano; pero debo verle, pues no olvido su promesa. »No sin grandes trabajos, logré que desistiera de su resolución, y me fue necesario hacerle presente que en el estado de la salud de Carlos, su vista podía hacer que recayese en sus funestos accidentes.

Y contestando con un gracioso saludo al profundo que ya en lo alto de la escalera le hacían los dos viejos, dijo de pronto: ¡Gallego!... Un momento... Tengo que pedirle a usted un favor... Necesito una cruz sencillita..., una encomienda de Isabel la Católica o de Carlos III, cualquier cosa... Se casa un chico de mi apoderado de Granada y quisiera hacerle ese regalito... Es un poquillo vanidoso y le gusta colgarse dijes... Con que le mandaré a usted una notita... ¿Eh, Gallego?...

Esto no procede únicamente de que disponga de muchos millones; de más millones disponia Cárlos III, y en las obras de Cárlos III no hay el orientalismo que en las creaciones de Salamanca. Es cuestion de dinero y de gusto; es cuestion de oro y de fantasía.