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Era un hombre de veintiocho a treinta años, de estatura más que regular, delgado, rostro fino y correcto, sonrosado en los pómulos, bigote retorcido, perilla apuntada y los cabellos negros y partidos por el medio con una raya cuidadosamente trazada. Guardaba semejanza con esos soldaditos de papel con que juegan los niños; esto es, era de un tipo militar afeminado.

Encontróse, al cabo, en un apartado gabinete del Veloz, a un viejo con grandes patillas canas y una cabellera blanca y espesísima, más digna de coronar la frente del rey Lear que aquel rostro encarnado y granujiento en que había dejado impresa su huella todos los vicios.

Don Íñigo se dejó besar la diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los limones que se resecan.

Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto, tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa, se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo mismo y aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los senderos.

Los bandos de palomas mensajeras esponjan blandamente su plumaje en la tarde, que pliega el varillaje de un fúlgido abanico de quimeras. Su rostro se retrata en los cristales del lago, donde un cisne hecho de espuma el cuello enarca ante los pavos reales; y ella, que sabe del amor de Leda, mientras alisa la nevada pluma, hunde los dientes en su chal de seda... Marzo, 1922.

Doña Luz, que no podía disimular sus sentimientos, los cuales se mostraban en su rostro como las blancas piedrecillas a través del agua transparente y mansa de un lago, más bien dejó ver pesar que alegría, al saber la nueva, ya prevista por ella, del casamiento de su amiga.

Sus ojos pequeñitos, que a los más hermosos ganaban en elocuencia, parecían decir: ¿Pero a qué viene todas esas sabidurías, señor pedante? Aquí continuó Golfín, gozando extremadamente con aquel asunto, y dándole a pesar suyo un tono de tesis psicológica hay una cuestión principal y es.... La Nela le había adivinado y se cubrió el rostro con las manos.

De vez en cuando, en los cortos intervalos de silencio levantaba graciosamente la cabeza, preguntándome: ¿Va V. a gusto conmigo? ¿Le estorbo? Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostro expresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando. Habíamos recorrido algunas calles.

En aquel momento llegaron á la puerta el barón, Gualtero y los dos soldados y echaron pie á tierra; mas apenas oyó el desconocido sus voces y la lengua en que hablaban, enfureciósele el rostro y arrojando con fuerza al suelo el plato de nueces empezó á dar voces desaforadas llamando al hostalero.

Los ojos de D.ª Rosario expresaban un orgullo inocente al posarse sobre el rostro de su hijo, mas lánguido y ojeroso que de costumbre.

Palabra del Dia

sellándolos

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