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Y obedeciendo a una fuerza superior que nacía no se sabe en qué parte de su turbado ser, el tembloroso anciano marchó hacia la puerta. ¿Iba en busca de la milagrosa copita?... De pronto se detuvo, diose una manotada en la frente, se echó a reír, y mirando a Isidora con gozo, dijo: «¡Maldita memoria mía! Ya no me acordaba... ¿De qué? Tranquilízate, José.

Amaneció por fin el día 29 de diciembre de 1874, y a las once y cincuenta y seis minutos de la mañana, el ministro de la Guerra, Serrano Bedoya, saltaba violentamente de la cama, como había de saltar veinticuatro horas más tarde, violentamente también, de la poltrona ministerial... Anunciábale un telegrama del gobernador militar de Sagunto que el general Martínez Campos había proclamado rey de España al príncipe Alfonso, en las Ventas de Puzol, al frente de la brigada Dabán.

Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas manos la besó con estrépito en la frente; y después dijo: ¡Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó! ¡A la catedral, a la catedral! gritaron los del salón.

Apacíguala, si me amas. Ester se dirigió de nuevo á Perla, con el rostro encendido, dando una mirada de soslayo al ministro, y exhalando luego un hondo suspiro; y aun antes de haber tenido tiempo de hablar, el color de sus mejillas se convirtió en mortal palidez. Perla, dijo con tristeza, mira á tus pies.... Ahí... frente á ... al otro lado del arroyuelo.

Volvióse Quevedo, se desembozó, se descubrió echando atrás con gentil donaire la mano que tenía su sombrero, y levantando su ancha frente, dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque: ¡Romance! ¡Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me tenéis impaciente.

Alzad la noble frente, Que adornan las señales De la metralla ardiente, Alzaos del frio lecho, Con voces en el pecho, Latiendo el corazon. Rasgad con mano fuerte La fúnebre mortaja Con que os vistió la muerte, Y oireis la sorda caja Que toca ¡á bayoneta! La voz de la corneta, Y el trueno del cañon.

Al frente, tras un bello pórtico de bambúes con cortinas de muselina bordada, estaba su lecho. Antes, esto es, entre la puerta desde donde yo observaba y el pórtico de la alcoba, había un espacio cuadrado, y en su parte media, una mesa arrimada a la pared. Sobre la mesa había una lámpara con bomba de cristal opaca que esparcía una luz velada a poca distancia.

Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que habéis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no podéis hacerme más daño que el que ya me habéis hecho; yo no me vengaré de vos, porque quiero ser más grande que vos; quiero heriros en vuestro orgullo; quiero que tengáis el recuerdo de una víctima que ha caído mirándoos frente á frente á vos, hombre funesto, mientras sus ojos han podido mirar.

A la derecha, en el fondo del despacho, se abre una espaciosa alcoba, y frente a la puerta de entrada una gran reja movediza que da paso a un patio.

Media hora; ya llevaba media hora hablando y aún no había comenzado de veras el discurso. Ahora lamentaba que la Cámara estuviese vacía. ¡Tan bien que marchaba aquello!... Frente a él, en la penumbra de la tribuna diplomática, seguía moviéndose el abanico, distrayéndole con su aleteo. ¡Diablo de señora! Bien podía estarse quieta.

Palabra del Dia

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