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Hecho esto, dispuso que se proveyesen de arados y otros instrumentos agrícolas para cultivar los campos, haciendo al propio tiempo algaras y correrías por los pueblos aledaños, saqueando, devastando, y llevando prisioneros al campamento á cuantos cristianos cayesen en sus manos. Los que sufrian esta suerte eran inmediatamente decapitados, y sus cadáveres arrojados á la entrada del desfiladero.

Yo le en cierta ocasión hablar de lo que se hacía en los museos y demás edificios notables allá en Roma y en otras ciudades: la entrada libre a todas horas, pero pagando. Una gran comodidad para el público, que no necesita de recomendaciones para ver las cosas.

Se entretuvo mangoneando en la habitación un rato y salió á esconderse detrás de la cortina, que cubría la entrada de la pieza inmediata. Que cierres la puerta, Gregoria gritó don Bernardino. Bueno, hombre. ¡Jesús! qué misterios gastamos.

Probó a leer, pero la hoja temblaba en sus manos. Ante su impotencia para dominarse, estuvo indeciso entre el deseo de marcharse para no ver a los novios, y el temor de parecer ridículo abandonando el salón porque ellos estaban allí. La entrada de la señora Aubry y de Jaime lo sacó de apuro.

Hubiera querido continuar para que Nancy se irritara contra él; era una tranquilidad y una firmeza tan exasperantes. Pero al fin y al cabo todavía no le era indiferente. La entrada de Priscila, que se precipitó diciendo: «¡Dios mío! Dios, veamos, hija, qué tiene ese vestido», le quitó a Godfrey la esperanza de una querella. Supongo que ahora debo irme le dijo a Priscila.

Don Santos y el sereno llegaron, después de buen rato, a la puerta de la tienda de Barinaga, que era también entrada de la casa. El Magistral oyó retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abrían. Al Provisor le consumía la impaciencia. «¿Se habrá dormido esa beatuela?», pensó.

Cuando se estaban tomando estas y otras disposiciones para precaverse, se oyó el sonido de diferentes cornetas, que de uno á otro ó estremo se correspondian, para confirmar la entrada de los indios; por lo que se dispuso que algunos saliesen para hacer un reconocimiento, quienes volvieron con la noticia, de que no habia nadie en aquellas inmediaciones, y averiguado el caso, se halló que los que tocaban las cornetas, eran dos negros de D. Jacinto Rodriguez, D. Nicolas de Herrera, é Isidoro Quevedo, para que reunidos con esta novedad los europeos, les fuese mas fácil conseguir su desesperado intento.

Esta tarea de expender papeletas de entrada para ver las riquezas y curiosidades de la catedral llenaba su pensamiento. Era la salvación de la iglesia, el procedimiento moderno para llevarla adelante, y él se sentía orgulloso de desempeñar esta función, que le convertía en el órgano más importante de la vida del templo.

Estaba Miguel cerca de la «mesa del suicida», junto á la entrada de los salones privados, cuando notó cierto revuelo en el público. Se buscaban los grupos para transmitirse una noticia; los antiguos clientes se agitaban con una emoción profesional. Algo importante estaba ocurriendo.

Después de almorzar, Gillespie se asomó á la entrada de la Galería para ver este trabajo extraordinario. Pero desoyendo las instancias del profesor, no quiso salir completamente del edificio. Parecía que presintiese un peligro.

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