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Si por creerte mío has tenido tesón y firmeza para llegar a lo que eres... ¿tan ajeno a te juzgas ya, que así te amilanas y vacilas?... Aunque no te di el ser, ¿no soy algo más padre tuyo que aquel que te le dió?... ¡Y si te acobardas ahora que yo te necesito!...

¿Qué es lo que hay? inquirí ansiosamente. ¿Puedo saberlo? Y me acerqué adonde ella estaba. No respondió con firmeza, colocando el documento detrás. ¡No! ¡Ni usted debe conocer esto! Y con una rapidez pasmosa lo hizo pedazos, arrojando los fragmentos al fuego antes que yo pudiera salvarlos.

Si el venir aquí son celos, Pensando que así me guardas, Son, Isabel, sombras pardas En ofensa de tus cielos. 2250 ¿Qué guarda de más valor, Isabel, que tu hermosura, Si ella misma te asegura Que merece tanto amor? ¡Vive Dios, que te he querido, 2255 Y te quiero y te querré, Con tanta firmeza y fe, Que vive mi amor corrido De no vencer tu rigor, Siendo tan desigual! 2260 DO

¿No? preguntó de nuevo, intentando darme otro. No repuse con firmeza, levantándome y echando a correr por el bosque. Ella me siguió; jugamos un rato al escondite entre los árboles. A cada instante me preguntaba: «¿No?» «No», respondía yo, cada vez con más decisión. Observé que se iba impacientando y que su voz estaba ya alterada. Por fin se quedó inmóvil y silenciosa.

Puede decirse que no tuve familia; menester ha sido que mis hijos me dieran medios para apreciar la dulzura, la firmeza que caracterizan a los vínculos que me faltaron cuando yo era niño como ellos. Mi madre apenas tuvo fuerzas para amamantarme y murió.

De todo ello te puedes henchir, hija mía, sin el menor riesgo de que te perjudique ni en la salud física ni en la moral: antes al contrario, caerá como fecundante rocío sobre la hermosa primavera de tu vida, y dando mayor firmeza y desarrollo a lo mucho bueno que ya tienes, hará que sea mejor que ello todavía lo que vayas acopiando.

Después de una pausa larga, añadió humildemente: No puede usted figurarse cuánto me disgusta el observar la envidia de D. Narciso. ¿La envidia? preguntó el sacerdote con sorpresa. ¿A quién tiene envidia? A usted, padre, a usted repuso con firmeza la joven. No, hija, no dijo el P. Gil todo azorado. Yo no puedo excitar la envidia de nadie... Soy un pobre clérigo... un miserable pecador...

El Príncipe se inclinaba hacia ella, como si estuviera ansioso por oír la respuesta, o por sugerírsela él mismo. contestó con firmeza la joven. ¿Sabe usted repuso Ferpierre señalando al Príncipe que él aparenta no creer que usted me lo haya dicho? Comprendo el motivo que puede aconsejarle ocultar la verdad. Pero esto se llegaría a saber de todos modos, y, además, no me ofende.

A pesar del deseo que tenía de mostrar firmeza á estas gentes, me fué imposible no tropezar una ó dos veces en la escalera: la cabeza me vacilaba. Al entrar en mi cuarto, ordinariamente helado, tuve la sorpresa de hallar en él, una temperatura tibia, sostenida suavemente por un fuego claro y alegre.

La turbación de su actitud, del embarazo en que la veía, una palabra pronunciada al azar, me han dado lugar a creer que era aquél el momento de enterarla de lo que necesariamente había de saber más pronto o más tarde. Le he hablado de Eudoxia y le he dicho con firmeza que nunca sería mi esposa.

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