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Así es que visto una órden de D. Jaime 2.º fechada en Barcelona á 12 de las calendas de abril de 1292 dirijida á Gil Terini merino de Zaragoza, para que gastase lo necesario en la reparacion de la ALJAFERIA, como lo dispusiese el noble Sr. Mariano Ferdinandi.

Bien pudo usted haberse equivocado dijo el inválido. ¡Es tan fácil! exclamó D.ª Eloisa. La he visto como les veo a ustedes ahora, a tres pasos de distancia. Venía yo de hablar con el sacristán para la cuestión del aniversario de mi señor padre, cuando al embocar la calle del Cuadrante veo al P. Gil con una señora que me pareció forastera.

Con ello se inauguró la casa nueva, de la que estaba orgulloso el talabartero, mostrando el patio, las columnas y los azulejos, como si todo fuese obra de sus manos. Se casaron en San Gil, ante la Virgen de la Esperanza, llamada de la Macarena.

12 La más heróica fineza y fortuna de Isabela, de Don Juan de Matos, D. Diego y D. José de Figueroa y Córdova, caballeros del hábito de Cristo, Alcántara y Calatrava. 1 El lazo, banda y retrato, de D. Gil Enríquez. 2 Rendirse á la obligación, de D. José y D. Diego de Figueroa. 3 El Santo Cristo de Calabria, de D. Agustín Moreto.

Una señora está abajo preguntando por usted. Dice que necesita hablarle en seguida. ¿Una señora? replicó el P. Gil abriendo mucho los ojos. Será la señorita Obdulia. No, señor, no es ésa replicó el ama haciendo con los labios un gesto de desdén. La señora que aguarda abajo es mucho más guapa y elegante.

El P. Gil se puso en cruz, mientras una mirada dulce y melancólica plegaba sus labios. Midieron el largo de los brazos. Después el de las manos. En este punto, médico y jurista tornaron a cambiar otra mirada de inteligencia.

El ex-abate, al partir, se reía con muy buenas ganas del joven militar, á quien quería servir llevado de miras ulteriores, esperando un ventajoso arrimo en aquella situación política. El otro se dirigió á su casa, pensando á la vez en la repugnante astucia de don Gil y en los peligros de su aventura.

¿Pero y en qué? En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal nacido, de ese Gil Blas de Santillana. ¡Ah, ah! Descender hasta... Pero eso debe ser una calumnia. No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación, y cediendo á ella me ha ofendido á ... como que hay quien dice... ¡Calumnias!

¡Déjenos usted de Tarragona, D. Peregrín! interrumpió el señor de las Casas. Aquí lo que procede es atender a esa niña... Usted, señora, haga lo que sepa para hacerle volver en . Usted, D. Peregrín, que conoce bien la población, vaya a buscar un médico... Y , don Gil el enamorado... al infierno si te parece.

El hombre misterioso que lo habitaba debía de odiar tanto la luz del sol como la de la fe. El P. Gil dirigía luego la vista al cielo y daba gracias a Dios desde el fondo del corazón por haberle tenido siempre de su mano, por haberle hecho nacer y vivir en la región luminosa de las santas creencias cristianas.

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