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Príncipe posó la mirada de sus vivos y penetrantes ojos sobre la joven, y contuvo el aliento hasta que ella anunció: Madre llegará hoy o mañana. ¡Ah! dijo Príncipe con dulce y lánguida sonrisa. ¿El coronel Roberto está aquí también? preguntó Carolina después de una pausa. El coronel Roberto ha muerto; por segunda vez ha enviudado su madre. ¡Muerto! repitió Carolina.

¿Pero se ha ido, se ha ido de Madrid por mucho tiempo? preguntó el buen señor, después de larga pausa, en que no supo lo que le pasaba. Para mucho tiempo, señor. Luego ha ido lejos. Muy lejos, aunque no dijo adonde. ¿Pero usted está seguro de lo que dice? Usted está trastornado. El señor se ha ido y no volverá pronto. Entonces habrá dejado algún recado o carta....

¿No has notado que ha echado un gran suspiro?... Ahora se vuelve a oír la voz: habla bajo, y me dice al oído muy bajito, muy bajito.... ¿Qué te dice? Nada replicó bruscamente María, después de una pausa . dices que son tonterías. Tendrás razón. Ya te quitaré yo de la cabeza esos pensamientos absurdos dijo el ciego, tomándole la mano . Hemos de vivir juntos toda la vida. ¡Oh, Dios mío!

Después de una pausa momentánea, añadió desde la oscuridad: Y el corazón me duele. Sucediose un silencio embarazoso. Los hombres se miraron entre y después al fuego.

Terminadas las cláusulas preliminares, el Cardenal hizo una pausa y dirigió la mirada vagamente a través de la ventana de su estudio. La Plaza del Duque era un hervidero de gente, y el Prelado seguía con la vista el ir y venir de carruajes y peatones. Transcurrió algún espacio de tiempo; el notario se pasó el pañuelo por la frente varias veces, y por fin observó tímidamente: ¿, Eminencia?

Y Aresti, después de relatar la obra de Mæterlinck, miraba silencioso á su primo, que parecía no comprenderle. En tu casa ocurre lo mismo dijo tras larga pausa. Crees que ese enemigo no ha entrado, porque no le ves de carne y hueso sentarse á tu mesa y ocupar un sillón en la hora de las visitas. Pues hace tiempo que llegó hasta tu misma alcoba. te lamentabas de ello hace poco.

La tartana se desliza, interminable, a lo largo de las calles interminables, con un ruidoso traqueteo que repercute en los ámbitos oscuros. Un instante; creo que se detiene. , ; se ha detenido. El zagal aporrea bárbaramente una puerta. Transcurre un largo rato; vuelven a sonar los recios golpes; se hace otra larga pausa; es de nuevo la puerta aporreada.

Harto yo lo que son mujeres, ¿Le gusta a usted? Bueno..., pues usted ¡a ella! y nosotros tan amigos como antes. Don Juan, en el colmo del asombro, exclamó: ¿Que no le importa a usted? Absolutamente nada. Pausa de unos segundos: el amo hace seña al criado, y éste echa Jerez en la copa grande de don Quintín. El diálogo continúa del siguiente modo: Me deja usted espantado.

»¡Desgraciado padre, que todo lo ha visto y averiguado y ha tenido fuerza para resistirlo todo! »A medida que él hablaba, pintábase la admiración en el semblante de sus oyentes, y a cada pausa que hacía le felicitaban todos con sincero entusiasmo.

¿Por qué no sigues cantando? Porque no tengo ganas. ¿Soy yo quien te las quito? Quizá. Hubo una pausa. Plutón dijo avanzando un paso hacia ella: Pues más que las rosquillas de Santa Clara bañadas de azúcar, más que el vino de Rueda y el aguardiente de sobre-mar me gusta oirte á ti... ¡Canta, Demetria! Te digo que no tengo gana... ¡No te acerques! Y retrocedió algunos pasos asustada.

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