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Recuerdo que una vez, estando en Palacio, me suplicaron que les mostrase cómo era una, y tuve que capear, picar y matar una silla, lo cual divirtió mucho a toda la Corte, especialmente al Rey Jorge III, quien era muy amigote mío y siempre me decía que le mandase a buscar a mi tierra aceitunas buenas. ¡Oh!, tenía mucha confianza conmigo.

5 Oyendo tu caridad, y la fe que tienes en el Señor Jesús, y para con todos los santos; 7 Porque tenemos gran gozo y consolación en tu caridad, de que por ti, oh hermano, han sido recreadas las entrañas de los santos. 12 el cual te vuelvo a enviar; pues, recíbele como a mismo. 13 Yo quisiera detenerle conmigo, para que en lugar de ti me sirviese en la prisión del Evangelio;

Entonces él, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo: ¿Me permite usted descansar un momento en esta silla? No es mía respondió secamente. Supongamos que lo fuese. Si lo fuese no estaría en un establecimiento de Puerta de Tierra. Voy á comprarla y se la regalo. ¿Qué haría usted? Dejarla donde está. ¿Conmigo encima? Con usted ó con otro. Me es igual. Si le es á usted igual, me quedaré yo.

La verdad me ha salvado siempre y me salvará ahora. Usted ha dicho cosas infernales que desgarran el corazón de mi amiga, y las ha dicho porque creía que hablaba sólo conmigo. Pues la he engañado a usted, porque Jacinta está escondida en aquella alcoba». Diciéndolo, corrió hacia la puerta vidriera y la empujó.

¿Pero qué otra ni qué diablo es ese? ¡Ea, venid conmigo, que recuerdo que aquí, en la calle del Arenal, hay una hostería! Montiño se dejó conducir. Hostería del Ciervo Azul, leyó Quevedo en una muestra sobre una puerta. Pues señor, aquí es; yo no he almorzado más que un tantico de pichón, y no me vendrá mal una empanada de perdiz. Y empujó adentro á Montiño.

¿Y cómo se llama? Juan Martínez Montiño. ¡Ah! ¿es pariente del cocinero del rey? Su sobrino carnal, hijo de su hermano. Don Francisco, no merecéis que yo os hable con lisura. ¿Por qué? Porque vos no sois conmigo liso y llano. Cogedme en un renuncio. Estáis cogido. ¿Por dónde? Por ese mancebo. ¿Y por qué? ¿Por qué? ¿no decís que es sobrino del cocinero mayor? Así resulta de su partida de bautismo.

Reíase el catalán mucho y decía a la niña que se casase conmigo para volver el refrán al revés, y que no fuese tras cornudo apaleado sino tras apaleado cornudo. Tratábame de resuelto y sacudido por los palos; traíame afrentado con estos equívocos. Si entraba a visitarlos trataban luego de varear; otras veces de leña y madera.

Consintió, subí en el caballo y di dos vueltas calle arriba y calle abajo sin ver nada, y al dar la tercera asomóse doña Ana. Yo que la vi y no sabía las mañas del caballo ni era buen jinete, quise hacer galantería: dile dos varazos, tiréle de la rienda; empínase y, tirando dos coces, aprieta a correr y da conmigo por las orejas en un charco.

No parece sino que la excesiva indulgencia de usted para conmigo ha hecho cundir aquí mi fama de hombre de consejo: paso por un pozo de ciencia; todos me refieren sus cuitas y me piden que les muestre el camino que deben seguir.

«Querido Juan mío: No tengas miedo de que te aburra echándote en cara lo mal y remal que te as portado conmigo. No quiero más que decirte una cosa, y esa cosa es que no puedes tener queja de que e sido tonta de remate por demasiado buena, porque lo que as hecho no lo hace un cabayero, y, sin embargo, eres bueno y te quiero: lo que no es por qué te as ido así, cuando yo no te he faltado ni por soñación. También te quiero decir que no me hago ilusiones contigo, pues estoy combencida de que ni me escribirás ni arás por verme: yo, aunque te quiero con toda mi alma, ojalá no fuese la pura verdad, tampoco procuraré de que lleguemos a encontrarnos en ningún lado, porque te había de ver azorao, y no quiero que le bergüenza de aber se portao mal al hombre a quien yo he, querido.