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Vuestro humilde criado, señor Francisco dijo el vejete. ¿Sois vos el que me ha tocado? , señor, yo, que buscaba á vuesa merced. He estado en las cocinas, y no hallándole allí, fuí á Santo Domingo el Real por ver si allí le encontraba. ¿Y qué me queréis? Mi señora os llama. ¿Ahora mismo? Ahora mismo.

¿Y cuándo creéis que será tiempo? Cuando muera el rey. Su majestad es joven, y goza de muy buena salud. Podrá ser larga la espera, ya lo veo; pero vos me ayudaréis á esperar. Explicáos.

BENITO. Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y que vos y él sois unos grandísimos bellacos; y mirá que os mando que mandéis a Tontonelo no tenga atrevimiento de enviar estos hombres de armas, que le haré dar docientos azotes en las espaldas, que se vean unos a otros. CHANFALLA. Digo, señor alcalde, que no los envía Tontonelo.

Os portáis como villanos. ¡Quedas las manos, ó puede costaros caro! ¡Tened vos la lengua ó más caro ha de costaros todavía! respondió el soldado más ebrio. ¿Quién sois vos para impedir que los arqueros ingleses se diviertan?

Al entrar en la pieza, echó una mirada sobre su hijo y le dijo: ¡Cómo es eso, señor! ¿Tampoco vos habéis almorzado? No cambiaron ninguno de esos saludos amables de la mañana, no porque hubiera entre ellos alguna enemistad, sino porque la flor suave de la cortesía no prosperaba en residencias como la Casa Roja. , mi padre, he almorzado; pero os esperaba para hablaros.

-De modo -dijo Sancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran muerto, vos no fuérades agora viudo. -No, señor, en ninguna manera -respondió el labrador. ¡Medrados estamos! -replicó Sancho-. Adelante, hermano, que es hora de dormir más que de negociar.

Pues bien, el hombre cuya imagen está siempre delante de sus ojos, el hombre que ha interesado tan profundamente su corazón, el hombre a quien ama con toda la fuerza tímida de su primer amor... ¡Acabad, pues! ¿Si fuerais vos, señor intendente?

Yo diría á las gentes, si os castigase, como debo castigaros, que vos os habéis olvidado de todo; que para corregir vuestros excesos, me he visto obligado á recurrir á este caso, á sorprender á esta mujer, de quien os valéis para pervertir á su alteza el príncipe de Asturias.

Procuro hablaros razonablemente, y vos me contestáis siempre... Bettina, tengo mucha más experiencia que vos... Escuchadme bien... Desde que llegamos a París nos hemos visto lanzadas en un mundo muy animado, muy brillante, aristocrático... Podríais ser ya, si hubierais querido, Marquesa o Princesa... , pero no he querido. ¿Os sería completamente indiferente llamaros madama Reynaud?

Busqué á esa mujer... afortunadamente es una cortesana, y la compré... el príncipe vino, y desde entonces soy para él la vida, el alma... porque yo soy quien le puede traer junto á esa mujer. Me cuesta, pues, mucho más el afecto del príncipe, que lo que os costó á vos el de su padre.

Palabra del Dia

sellándolos

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