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Actualizado: 13 de octubre de 2025
Los pies iban metidos en unas babuchas cubiertas de gruesos dorados, que, al sentarse ella, cruzando las piernas, quedaban como sueltas, próximas a escaparse de las finas extremidades. Le tendió la mano, sonriendo con amable frialdad. ¿Cómo está usted, Gallardo?... Sabía que estaba en Madrid. Le he visto.
Al fin cesó en su cháchara, porque le rendía el sueño, ayudado por el ron. A fin de no aletargarse del todo en la comodidad del lecho, tendióse en el banco del comedor, poniendo por almohada una cesta. El señorito, cruzando sobre la mesa ambos brazos, había dejado caer la frente sobre ellos y un silbido ahogado, preludio de ronquido, anunciaba que también le salteaba la gana de dormir.
Hoy han levantado la venda a Pablo.... Dicen que ve algo, que ya tiene vista.... Ulises, el jefe de taller, lo acaba de decir.... Teodoro no ha venido aún, pero Carlos ha ido allá; pronto sabremos si es verdad. Quedose la Nela al oír esto más muerta que viva, y cruzando las manos exclamó así: ¡Bendita sea la Virgen Santísima, que es quien lo ha hecho!... Ella, ella sola es quien lo ha hecho.
Un vocerío en la calle, un clamor áspero y bronco, que hizo retemblar las vidrieras, desgarró su visión. ¿Qué es esto? exclamaron algunos. Ramiro, que se hallaba próximo a una de las ventanas, se puso en pie, abrió las maderas y miró. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar cruzando la plazuela.
Quitó el codo de la mesa y apoyó en ella los dos brazos cruzando las manos, entre cuyos dedos oprimía el cigarro, cargado con una pulgada de ceniza; inclinó un poco la cabeza, con cierto misticismo báquico, y con los ojos levantados a la luz de la araña, con palabra suave, tibia, lenta, comenzó la confesión que oían sus amigos con silencio de iglesia.
El juez fue el primero en volver en sí y trató de componer un requiebro, después de haber torturado en vano su cerebro. ¿Le molestaré pidiendo a usted aquella horquilla? dijo gravemente Magdalena. El juez alargó displicentemente la mano hacia adelante; la horquilla perdida fue devuelta a su dueña, y Magdalena, cruzando el cuarto, miró con interés la cara del tullido.
Ese pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espíritu y volaré con las alas invisibles del corazón, cruzando el ambiente puro, radiante de la virtud». Se estremeció de frío. Volvió a la realidad. Todo quedó en la sombra.
Pues está usted aviada... De forma y manera dijo cruzando los brazos y echando el cuerpo atrás , que en tal caso no tiene más remedio que... que echarse a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende. Sí, señor, entiendo... no tengo más camino manifestó la joven con humildad.
En esto, cruzando por entre tenderetes y puestos, llegó frente a la calle de la Pasión. El letrero que indicaba el nombre de la calle estaba precisamente colocado en una casa baja, de revoque amarillo. «No ha mentido» pensó Paz y, dirigiéndose al aya, la dijo, con acento que no admitía réplica: Párese Vd. aquí conmigo.
Esto no debió ser así: Y derramando lágrimas y cruzando los brazos, añadió medio vencida por el sueño: ¡Ay! ¡Cuánto te quiero, niño de mi alma! Quiéreme mucho, a la Nela, a la pobre Nela que no es nada.... Quiéreme mucho.... Déjame darte un beso en tu preciosísima cabeza... pero no abras los ojos, no me mires... ciérralos, así, así. De cómo la Virgen María se apareció a la Nela
Palabra del Dia
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