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Aún no respondió por fin Ramiro con la voz vacilante; pero oigo encomialla a los demás. ¡Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga! exclamó entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa. Ya se ve claramente volvió a decir, dirigiéndose al mancebo que aquellos amores os han dejado en el corazón su maldita pestilencia.

Donde la mano del hombre ha intervenido se ve, pues, el abandono, se ve patente la inconstancia que preside á todos los esfuerzos industriales del Hispano-colombiano.

Por un corredor que hace pensar en cosas grandes, se va a la escalera que lleva al balcón del monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de sol, una sala de hierro en que podrían moverse a la vez dos mil caballos, en que podrían dormir treinta mil hombres. ¡Y toda está cubierta de máquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que echan luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por debajo de la tierra!

Cuando vea, Dios mío, voy a encontrar la casa hecha una lástima. No me digas que no. Me parece que estoy viendo el desorden de todo y mil gastos inútiles. No me explico ese consumo enorme de petróleo, ahora que no necesito luz. Y a Prudencia, ¿se le toma bien la cuenta? Apostaría que no. Con aquello de que el amo no ve, todo es barullo.

En el centro del lienzo esta Jesús desnudo, maniatado con una cuerda a una columna que se ve a la izquierda, estirados los brazos, dobladas las piernas, puesto el tronco casi de frente, y movida la cabeza con dolorosa expresión de sufrimiento, hacia la parte de la derecha, donde un ángel, de rostro más humano que divino, hace ademán de mostrar el martirizado cuerpo a un niño de seis o siete años, que cruzando las manos se ha postrado de hinojos para adorarlo con señales de la mayor ternura.

Y por eso, por esa pena tan grande, por ese modo tan triste de ver las cosas, iba usted perdiendo la tranquilidad y el sueño... y hasta la vida... Ni más ni menos, ¡pingajo!... ¡hasta la vida! Una alucinación como otra cualquiera; pero, en fin, así lo ve usted, y esto basta para su martirio que, en definitiva, es real y verdadero.

Este ensayo se titula No hay amor donde hay agravio, drama muy semejante en su fábula á El médico de su honra, pero escrito acaso con anterioridad á la tragedia de Calderón: una doncella, que, al verse visitada por un galán impertinente en ausencia de su amante, se ve obligada, por la llegada imprevista de su padre, y por la fuerza que éste le hace, á dar su mano al visitador, y siente después renacer en su pecho el antiguo amor que profesaba á su primer amante al presentarse otra vez á sus ojos.

MÁXIMO. Este hombre... Venga usted, venga usted, tía. Señora, la señorita ha perdido la razón... Corre, huye, vuela, llamando a su madre... a los que queremos consolarla, ni nos oye ni nos ve. Ya viene. Al ver a los que están en escena, hace alguna resistencia. Suave y cariñosamente la obligan a aproximarse.

Hay algo popular que arranca de ahí, que de ahí se desprende y viene á buscar al espectador. El palacio del Ayuntamiento forma un extensísimo paralelógramo, flanqueado por dos pabellones intermedios y cuatro pabellones en los ángulos. Encima de la entrada principal, que da á la plaza, se ve un bajo-relieve, ejecutado en bronce, el cual representa á Enrique IV montado á caballo.

Sin haber cursado medicina, sin ser un Hipócrates, ve cualquiera que D. Casimiro está por demás estropeado. Y sin haber estudiado el Examen de ingenios, de Huarte, se descubre en seguida que el de don Casimiro es romo y huero. Yo no pretendo que busques para Clarita á Pitágoras y á Milón de Crotona en una pieza; pero ¿qué diablura te lleva á darle por marido á Tersites?