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No creerla habría sido como poner en duda la luz del día. «Pues con esas condiciones le daré a usted cuatro mil realitos», declaró Rosalía con ínfulas de prestamista».

Señaló Andronico las pagas segun la diferencia de las armas y ocupacion, cuatro onzas de plata cada mes á los hombres de armas, á los caballos lijeros dos, y lo mismo á los pilotos y gente de mandoneros una onza, y que siempre que llegasen á la costa de alguna Provincia del Imperio, se les diesen cuatro pagas, y cuando quisiesen volver á sus casas juntos, ó divididos, se le librasen dos para el viaje.

La inmensa sábana azul del Océano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas, cerraban el panorama. Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales había más de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas mejillas satinadas, vendían leche en pucheritos de barro negro.

Caminamos de mañana, y llegamos donde estaban nuestros indios, que se hallaban acampados en una laguna muy grande, cuyas aguas son salobres: pero habiendo cavado algunos pozos, paramos como cuatro horas para que la gente comiese, y bebiesen las caballadas.

Tuve tentaciones de acercarme a ellas y entablar conversación, pero vacilé durante tres o cuatro vueltas, y cuando iba a decidirme a ello, se fueron a buscar la calesa para trasladarse a casa. Al día siguiente por la mañana no las vi. El que escanciaba el agua me dijo que habían estado.

Porque como los marineros son amigos de divisiones y dividieron los cuatro vientos en treinta y dos, así los ocho tonos de la música los tienen repartidos en otros treinta y dos tonos diversos, perversos, resonantes y muy disonantes, de manera que hacíamos este día en el canto de la Salve y letanía una tormenta de huracanes de música, que si Dios y su gloriosa Madre y los Santos á quien rogamos, miraran á nuestros tonos y voces y no á nuestros corazones y espíritus, no nos conviniera pedir misericordia con tanto desconcierto de alaridos.

Las indias se pintan de otro modo, pero tambien azul, ó ceruleo, desde los pechos hasta las rodillas; con tanto primor que dudo haya en Alemania quien las exceda en artificio y lindeza: andan desnudas, y son hermosas. Detuvímonos allí un dia, y en tres navegamos 14 leguas, hasta llegar á un buen pueblo, donde vivia el rey, situado á la ribera del rio Paraguay: su provincia es de cuatro leguas.

Al poner el pie en el estribo, limitóse a decir el viajero en francés muy bien acentuado: Grand Hôtel... Boulevard des Capucins... El coche arrancó dando tumbos como cualquier simón de nuestra España, y el viajero no pareció experimentar esa sorpresa mezclada de admiración, curiosidad y entusiasmo que embarga a todo el que llega a París, una, dos, tres y hasta cuatro o cinco veces.

Formaban parte del pequeño escuadrón cuatro antiguos dragones españoles y dos aguerridos coraceros de la guardia que se habían unido a Marcos en busca de aventuras. Ya puede imaginarse lo que estos hombres hicieron.

Pero veis aquí cuando a deshora entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en el suelo, y uno de los salvajes dijo: -Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello. -Aquí -dijo Sancho- yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.