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En aquellas horas pasadas al aire libre Magdalena pareció recobrar más que nunca sus debilitadas fuerzas; ahora creo poder separarme de ella sin temor a que sobrevengan complicaciones de ningun género.

En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no fuese contento y gordo. ¡Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para tafetanes, según le respondían algunos. El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de la tienda de quincalla. No había en la provincia quien le aventajase en fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que subieran sin dar tumbos.

Mientras que el novio veía expresada por la música su propia desesperación y se complacía en desear el aniquilamiento y la destrucción de este mundo miserable que para él carecía de valor desde que Magdalena lo había abandonado, el alma angustiada del padre, menos colérica que la juvenil de Amaury, tembló ante el versículo, revelador de la majestad de Dios tonante que acababa de absolver a su hija y muy pronto debía juzgarle a él mismo. ¡Qué pequeño, y qué humilde se sintió en aquella ocasión el soberbio doctor, el sabio entre los sabios!

, repetia yo interiormente, el obelisco me atrae más que el arco, porque esto es más que aquello, y al pronunciar estas palabras me volví, y alcancé á ver, como una aparicion trémula, casi flotante, el suntuoso pórtico de la Magdalena, que parecia nadar sobre sus columnas.

Aunque parece increíble, se ha desmejorado aun más de lo que estaba cuando murió Magdalena, después de abatir su cuerpo y su espíritu los dos meses mortales que duró la enfermedad. »Cuando me vio, me dio un abrazo, y preguntóme si tenía algo que contarle de mi nueva vida.

Entendía que me vería mejor transformado, con un brillo más vivo para ennoblecer mi posición. Todo se mezclaba así entre los estímulos que me aguijoneaban. El encarnizado recuerdo de Magdalena zumbaba en el fondo de mis ambiciones y momentos había en que no me era dado distinguir en mis prematuros ensueños de poderío, lo que emanaba del filántropo y lo que procedía del enamorado.

Allí volví a recordar aquella escena con todos sus pormenores... Sólo a través de la ventana de su cuarto se veía una débil claridad, y yo, contemplando aquella luz vacilante, la comparaba instintivamente con el resto de vida que aun anima a mi pobre Magdalena, cuando se extinguió de pronto...

Así resulta que lo que en ellos es una belleza divina, en Magdalena es un belleza que casi espanta. »¡Y qué dichosa se sentía, de estar allí tan cerca de la ventana! Hubiera dicho cualquiera que veía el cielo por primera vez, que por primera vez, también, aspiraba aquel aire tan puro y respiraba el aroma de aquellas flores.

Hay un calderero, madre, Que alarma á la vecindad, Y toda la gente acude A los porrazos que da. Este antiguo cantar español viene de molde, en cierto modo, á las cosas de este fabuloso Paris. Es un gran caldero que aturde al mundo, y el mundo atribulado acude á los golpes. =Dia quinto=. La Magdalena.

»Yo, para prevenir cualquier accidente, propuse al doctor que entre los dos transportásemos a Magdalena, sentada, en su sillón; y aunque ella se opuso en un principio, ofendida en su amor propio de convaleciente y creyendo inútil semejante precaución, accedió al fin cuando le hicimos formal promesa de permitirle pasear por el jardín.

Palabra del Dia

esopo

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