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Ventura preguntó al fin con impaciencia: En resumidas cuentas, ¿qué quieres? Voy a decírtelo contesto el joven, reprimiéndose con trabajo. Quiero que cese esa intimidad ofensiva para , como acabas de ver. Quiero no pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos disfrutábamos antes de su llegada.

Que un tal Juan Montiño, que acababa de llegar á la corte, ha sido el que ayudado de don Francisco de Quevedo... Os engañáis, señor mío dijo el joven ; Juan Montiño, no ha necesitado de nadie para castigar á don Rodrigo Calderón, como de nadie necesitaría para castigaros á vos á la menor palabra ofensiva que os atreviéseis á pronunciar contra esta señora, ó contra su tío, ó contra él.

El peligro de la vecindad se impuso á toda otra consideración en la política de Isabel, y he aquí cómo Antonio Pérez, acompañando al Duque de Bouillon y con plenos poderes para negociar la alianza defensiva y ofensiva, se embarcó para volver á Inglaterra.

Por último, tras largo consejo celebrado por los generales, se dijo que iban a ser distribuídas las divisiones para tomar la ofensiva inmediatamente. Aquél día, que fué, si no recuerdo mal, el 12 o el 13 de julio, vi por primera vez al general Castaños, cuando nos pasó revista.

Pero Carlos no lo veía lo mismo, y se tiraba del bigote, presa de una sorda irritación. Aquello era más que una falta de política por parte de una persona tan correcta; se veía una intención ofensiva. ¿Por qué? El conde no le había sido muy antipático a primera vista.

Matildita, llorando de emoción, me pidió permiso para darme un abrazo, el cual le otorgué generosamente. Tuvo que subirse a una silla para hacerlo. La verdad es que, a pesar de su petulancia, que nada tenía de ofensiva, era una buena chica la hija de mi huéspeda.

Doña Franquista, creyendo que su mal humor era rabia por habérsele frustrado la aventura que ella evitó, le oía refunfuñar y maldecir sin hacerle pizca de caso, hasta que irritado con aquella ofensiva indiferencia y envalentonado por su senil amor, llegó a convertirse en tiranuelo del hogar donde dos años antes tenía idéntica autoridad que el gato.

Clara se acercó más a ella, volvió a entregarle su mano, que Elena besó repetidas veces con transporte, y le dijo con dulzura: Sosiégate y habla sin desconfianza. No temas que ninguna palabra ofensiva ni aun dura salga de mis labios. ¿A qué has venido hasta aquí? ¿Sabías que yo estaba? No; venía a suplicar a Visita que me dijese dónde se halla mi... dónde se halla tu hermano.

Lubimoff ve en su memoria el corto y agitado período después de su llegada á París: su ingreso en la Legión extranjera, el grado de subteniente concedido al antiguo capitán de la Guardia imperial, su ida al frente después de haber distribuído y colocado el millón y medio producto de la venta de Villa-Sirena, la dura vida de campaña, los combates, la muerte acompañando con una generosidad lúgubre los avances de la ofensiva triunfal.

Liette le escuchaba muy grave y llena de aflicción y de sorpresa. ¿Cómo había el notario adivinado su secreto? ¿Cómo olvidaba la reserva y la delicadeza de su carácter y de su profesión hasta hacer aquella alusión ofensiva?...