Te engañas cuando dices que a nada aspiras, que nada ambicionas. ¡No sospechas cuántos encantos y cuántas seducciones tiene la vida! «Perdóname, y no pienses mal de ; serías injusto, y la injusticia no cabe ni cabrá nunca en un corazón tan noble y tan generoso como el tuyo.

Debía haber pasado el día en el campo; indudablemente, en la estancia de Rojas ó vagando por las inmediaciones del río en compañía de aquella muchacha del látigo. «¡Y yo aquí pensó , encerrada como una fiera, huyendo de los insultos de un populacho injusto!... ¡Y luego se asombran de que una mujer sea mala

Puesto que tiene usted tantos rusos disponibles le preguntaba yo a Fabra Ribas un día , ¿por qué no los distribuye usted de una manera más equitativa? Eso de darle a Morote la exclusiva de los rusos para toda España, me parece injusto.

¡Decrepitud! malísima abuela, retira pronto esa fea palabra. ¡Diablo! Una solterona... ¡Injusto calificativo!... ¿Por qué ese epíteto de viejas en una edad en que lo somos tan poco? Es el uso respondió la abuela en un tono que significaba que no había nada que replicar.

En el arte moderno francés hallo cierto arranque social, que ha abierto una grande era á la literatura, y que con el tiempo empujará al arte hácia su expresion más trascendental, al menos más en armonía con el espíritu de nuestra época. Este es un hecho capitalísimo; es un gérmen que puede modificar maravillosamente el porvenir, y fuera injusto negar sus esperanzas al trabajo del hombre francés.

Era inclinación. Nada de disfrazar las faltas. Había hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos, pero le parecía indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero, personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo hombre de tales prendas, y señalar los peligros que había. Pero ¿debía haberlo hecho? Tal vez.

eres injusto contigo mismo en esto, dijo Ester con dulzura. te has arrepentido profunda y amargamente. Tu falta ha quedado relegada á una época que hace tiempo ha pasado para siempre.

Teobaldo le dijo; lo todo; acusaba a usted de injusto y de riguroso, cuando no hacía otra cosa que cumplir dignamente los severos deberes de una santa amistad. Perdóneme, amigo mío... Y Juanita le tendió la mano. Hubo entonces un momento en que aquel prelado, de fisonomía impasible, de facciones duras y severas, no pudo contener su emoción, y asomaron a sus ojos abundantes lágrimas.

Al llegar a este punto siento yo cierto prurito de declamar y de moralizar, a fin de que mi historia merezca contarse entre las ejemplares. No atino, sin embargo; no me decido siquiera a señalar el blanco contra el cual he de dirigirme. ¿Declamaré contra la sociedad murmuradora? No me atrevo, sin considerarme como injusto. ¿Quién sabe aún lo que en realidad pasaba?

Entonces no me necesitas para nada. ¡Está bien! exclamó con impaciencia. Pero cambiando súbitamente de intención, se me puso resueltamente delante y con ruda energía me increpó: Eres estúpido, injusto e insolente. ¿Qué te has creído?... ¿que pretendo sorprenderte? ¡Bonito oficio me atribuyes! ¡No, querido!