Hombre, don Eugenio.... ¡No fastidiar! gritaron unánimemente los cazadores . ¿Había de atreverse Castrelo?... ¿Cómo no le deshicieron el morro de una bofetada allí mismo? Don Eugenio, no consiguiendo que le oyesen, hacía con la mano señas de que faltaba lo mejor del cuento. ¡Paciencia! exclamó por fin . Tengan paciencia, que no se acabó.

Sevillanas son repuso el Conde . No me cabe la menor duda. Entonces hizo un pomposo elogio de las sevillanas en general con claras alusiones a las dos que iban delante y que por tales tenía, y habló en voz mucho más alta que la que había empleado en la diatriba, a fin de que le oyesen ellas y sirviese su discurso como función de desagravios.

16 En mi primera defensa ninguno me ayudó, antes me desampararon todos; no les sea imputado. 17 Mas el Señor me ayudó, y me esforzó para que por fuese cumplida la predicación, y todos los gentiles oyesen; y fui librado de la boca del león. Amén. 19 Saluda a Prisca y a Aquila, y a la casa de Onesíforo. 20 Erasto se quedó en Corinto; y a Trófimo dejé enfermo en Mileto.

Hasta que al fin se cansó de no oír na que le emportase... ¡Ay, amigo del alma! me dijo santiguándose, tienes un pecho ¡líquido! ¡líquido! que en mi vida he visto otro igual... Eso ya lo sabía yo, D. Rafael... Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y paseando una torva mirada por el auditorio, masculló sin que le oyesen: ¿De qué se reirán estos burros?

Nada, como le decía á usted, amigo Isagani, peroraba Sandoval haciendo grandes gestos y sacando una voz armoniosa para que las vecinas del palco, las hijas del rico que debía á Tadeo, le oyesen; nada, la lengua francesa no tiene la rica sonoridad ni la varia y elegante cadencia del idioma castellano.

No quiero; es V. muy malo. Miguel soltó una carcajada, reprimiéndola para que no le oyesen fuera. No, criatura; es para saber dónde está V. nada más. Se sentó al lado de ella en una silla baja. ¿Por qué se ha escapado V. de la tertulia? ¿Y V. por qué me anda buscando? Para decirla a V. una cosa. ¿Qué es? ...Que la voy queriendo a V. mucho dijo con acento apasionado, cogiéndola una mano.

Cada cual alegaba sus razones, tratando de quimera el ajeno parecer; la discusión se hacía general; intervenían en ella periodistas y delegados desde los más remotos extremos de la mesa; alguien brindaba sin ser oído; personas de voz escasa exclamaban en tono suplicante: «Pero oigan ustedes, señores... si ustedes oyesen una palabra...». Era en balde.

Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo oírse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a recibirnos. ¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo! exclamó. ¿No ha asomado ninguno de ellos por el camino? ¿De quiénes habla usted, coronel? pregunté, echando pie a tierra. Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.

El bañista que nos lo había anunciado metía el rostro por el follaje para que no se oyesen las carcajadas que no era poderoso a reprimir. Mi patrón, avergonzado, y otra vez con aquella expresión humilde e inocente en los ojos de perro de Terranova, me dijo tirándome de la ropa: D. Ceferino, ya es la hora de almorzar; ¿nos vamos?

Después de recitados los versos, D. Carlos, menos atrevido en prosa, apenas se acercó á Clara, y no le dijo palabra que todos no oyesen. Sólo con Lucía habló en voz baja y como en secreto. Los cuatro se internaron, prosiguiendo el paseo y volviendo á la ciudad por otro camino, en medio de una frondosísima alameda.