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Actualizado: 10 de octubre de 2025
Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede.
¿Si? dijo la abuela interesada. ¿Y qué respondió el señor Dumais? Papá se enfadó al principio, y cuando volvió a casa regañó a mamá diciendo que su debilidad era la causa de este nuevo incidente. Pobre señora de Dumais gimió la Sarcicourt. Es tan buena... Demasiado buena dijo la abuela entre dientes. De modo siguió diciendo más alto, que no se casa usted, Francisca...
Aquel semblante pálido y moreno, tan moreno y tan pálido que parecía una gran aceituna; aquella brevedad de la nariz contrastando con el grandor agraciado de la boca, cuyos dientes blanquísimos estaban siempre de manifiesto; aquella ceja ancha, tan negra y espesa que parecía cinta de terciopelo, y aquellos ojos garzos donde anidaban traidoras todas las malicias y toda la ironía del mundo; aquella fealdad graciosa, aquella desenvoltura de maneras, aquel abandono en el vestir, y, por último, la desenfadada manera de insinuarse, pregonaban, sin dejar lugar a dudas, a Augustito Miquis, el hijo de D. Pedro Miquis, el del Tomelloso.
Su espesa y rubia cabellera ondeaba en tirabuzones a la inglesa. Sus ojos pardos y grandes, su nariz, sus dientes, su boca, el óvalo de su rostro, eran modelos de perfección; su gracia, incomparable.
Las clavellinas que de ingente roca nacen en la hendidura, envidian los perfumes de su boca, y el marfil de sus dientes la blancura. De su albo cuello en el contorno vago algo incorpóreo, inmaterial se extiende... ¡Es el cisne del lago! ¡Es la paloma que el espacio hiende!
¡Lo que somos...! ¡lo que somos...! decía Nelet entre dientes, sintiendo que cada espasmo de la larga agonía de su Brillante era una verdadera puñalada para él. Al ver a las señoritas se adelantó algunos pasos, hablando con tono compungido. El veterinario se había marchado, declarándose impotente para remediar el mal.
No tardó en recobrar aquélla su inagotable alegría que tanto realzaba el brillo divino de sus ojos. Unos cabellos más dorados, unos dientes más menudos, unos ojos más picarescos, un talle más esbelto, unos pies mejor torneados no se habían presentado jamás en aquellos parajes solitarios.
¡Qué delicia! dijo Currita . Si te los dieran todas las noches en los dientes no tendrías la lengua tan larga. ¡Polaina!... Si te los dieran a ti donde yo me sé, no darías motivos para que te alcanzasen las lenguas.
¡Hija de mi alma!... La lengua me partiera en dos con los mesmus dientes mius si la viera en tentaciones de parláselu... ¡igual que al probe señor y mi amu! ¡Santa Virgen de las Nieves!... Y, por caridá de Dios, no me pregunte más de esu por ahora... ni nunca jamás, señor don Marcelu; que yo, por la cuenta que me trae, buscaré el amparu de usté cuando la carga me rinda y las angustias me ajueguen... porque la peste ha de golver, y sin mucha tardanza, señor don Marcelu. ¡Ay, desdichada de mí!... ¡Y el amu... y Tona!... ¡Santa Virgen la mi Madre!
¿No será drama? murmuré entre dientes, contemplando la cara de Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por mí en el otro coche al lado de su tío. No pensó siquiera en darme las gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará dije para mí. Pocas horas después salí yo también para los Pirineos.
Palabra del Dia
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