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Actualizado: 10 de octubre de 2025
¡Silencio! repitió; y su cabeza cayó sobre su pecho; se hubiera dicho que estaba absorta en un profundo ensueño. Solamente de cuando en cuando la agitaba una especie de temblor convulsivo, y sus dientes se entrechocaban.
¡Cómo! ese horrible destino.... Es mil veces menos horrible que pasar un día sin verte, sin decirte: Yo te adoro... murmuró con los dientes apretados, y dejándose resbalar, estremecida, a sus pies. ¿Lo quieres tú? adiós, pues contestó ella con un profundo suspiro.
Dieron en usarse grandes, Y en aquel instante mismo Se despegaron las bocas, Y, dejando lo jasifo De lo pequeño, pusieron Su perfección en lo limpio De lo grande, hasta enseñar Dientes, muelas y colmillos.» En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.
Y con no tratarla nadie que se le cubriese pelo, solas las calvas se la cubría, porque hacía cabelleras; poblaba quijadas con dientes; al fin vivía de adornar hombres y era remendona de cuerpos. Unos la llamaban zurcidora de gustos, otros, algebrista de voluntades desconcertadas; otros, juntona; cuál la llamaba enflautadora de miembros y cuál tejedora de carnes y por mal nombre alcahueta.
Velázquez había cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada.
Cuando están asadas se ponen en una olla y se les echa para cada par de perdices dos jícaras de aceite, dos de vinagre, un vaso de agua, seis dientes de ajo, seis granos de clavillo, diez de pimienta, tres hojas de laurel y la sal necesaria.
Cuando me parece ver al árabe, solo con su corcel, que como él respira toda la libertad de sus soledades, cuando con la imaginación le veo franquear las arenas tórridas o bien reposar bajo la sombra reparadora de las palmeras, entonces me quejo a la Providencia de que me haya desterrado a una zona fría, en medio de una naturaleza tímida y tan lejos de las soberbias miradas del sol inspirador, y me pregunto: ¿Por qué los hombres me han hecho cautivo y por qué me han conducido prisionero a sus ciudades? ¡Hubieseis visto como yo al león del desierto arrojarse sobre la tierra alterada, olvidando que ella arde, y saborearla largo tiempo entre sus dientes!
Y lo que me causó más tormento fué un género de paja que allí había, de dientes tan agudos como de sierra, que me desolló los muslos y piernas, de que aún tengo ahora las señales, y duró este martirio más de media legua.»
Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina, atravesada por un débil resplandor rojizo. ¡Juan! grita de nuevo la voz de su hermano. ¿Qué hay? Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca. Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados! Recorre la fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda. La cortina aparece levantada ya.
Salomé estaba amarilla y jadeante de rencor, envidia y ansiedad. Sus labios, entreabiertos, mostraban los blancos y finísimos dientes, como si quisiera infundir miedo á su rival con aquella arma.
Palabra del Dia
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