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En general, los dolores reumáticos que reclaman su uso, son los que se presentan en personas de movimiento vacilante, que tienen habitualmente frio y padecen incontinencia de orina. El temblor paralítico y el de los viejos son propios de causticum.

Es muy eficaz este medicamento en la eclampsia con diarrea; convendrá la ipecacuana si hay vómitos; y la belladona, en la congestion cerebral; el estramonio, en la eclampsia con congestion cerebral de carácter nervioso mas que sanguíneo; el centeno cornezuelo, si hay temblor y contorsiones musculares..... Las congestiones cefálicas á consecuencia de un acceso de cólera pertenecen á la manzanilla, si dominan los espasmos y la nerviosidad, a la somnolencia.

Oprimía a su lado el ministro de Hacienda una mala banqueta, que gemía no tanto por el noble peso que sostenía, como por el mal estado en que se encontraba. Tambaleábase por consiguiente Su Excelencia a cada momento: figurósele al labriego temblor el movimiento oscilante de Su Excelencia; pero está averiguado que era el mal asiento.

4 Mi corazón está doloroso dentro de , y terrores de muerte han caído sobre . 5 Temor y temblor vinieron sobre , y terror me ha cubierto. 6 Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma! 7 Ciertamente huiría lejos; moraría en el desierto. 8 Me apresuraría a escapar del viento tempestuoso, de la tempestad.

12 Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, obrad vuestra salud con temor y temblor; 13 porque Dios es el que en vosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad. 14 Haced todo sin murmuraciones o dudas,

Mi mula de repente apresuraba, Corriendo, y en pararla me era en vano, Que el miedo del temblor la desquitaba: Corriò con las orejas aguzadas, Y ainas me quebrára las quijadas.

El estado del pobre niño inspiraría compasión a una fiera. Pálido el rostro como la cera y descompuesto, los ojos extraviados por el terror, los labios amoratados, las manos trémulas, todo su cuerpecito agitado por un intenso temblor, parecía realmente que iba a exhalar el último suspiro. Ya no hablaba, ya no imploraba como antes.

La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor que la avise? preguntó Anselmo. ¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a solas... y se volvió el amo de la casa al decir esto. Bien, ; al despacho... entremos en su despacho.... Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle aquel hombre? ¿A qué venía?...».

¡La Revolución! exclamó Mabel d'Ornay, simulando un temblor de espanto para acercarse al joven novelista. ¡Brrr! espero que ya no habrá jamás otra. ¿Acaso el pueblo necesita reivindicaciones? ¿No tiene todo lo que le hace falta?

No era una broma: la mirada agresiva de este personaje que siempre le había tratado con amable indiferencia, la sequedad de su voz, cierto temblor de su mano derecha, indicaban que había expresado todo su pensamiento, y que detrás de este pensamiento latía un odio enorme contra él. La sorpresa le hizo hablar con timidez.

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