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Actualizado: 21 de octubre de 2025


Pero habíase esponjado de nuevo el cuerpo lacio y consumido de don Manuel; se erguía en el sillón con más arrogancia y tenía el semblante más placentero y despejado. Se fué tranquilizando la buena gente de la casa y volvieron en ella las labores a su centro natural.

Y Batiste, sereno, firme, sin arrogancia, reía de la inquietud de su familia, mostrándose cada vez más atrevido según iba transcurriendo el tiempo desde la famosa riña. Se consideraba seguro. Mientras llevase pendiente del brazo el magnífico «pájaro de dos voces», como él llamaba á su escopeta, podía marchar con tranquilidad por toda la huerta.

Marchaba cantando, y mientras cantaba iba recordando y mientras recordaba iba soñando despierto. Antes de llegar á Rivota, en un recodo del camino sombrío y temeroso oyó una voz que gritó: ¡Alto! Y á pocos pasos delante de distinguió los bultos de unos cuantos mozos que sin duda venían de la lumbrada del Otero. ¿Quién me da el alto? preguntó con arrogancia el joven.

Alterarónse los animos, pretendiendo todos que se les debia la suprema autoridad. Los amigos y allegados de cada cual de ellos, con palabras descompuestas y llenas de arrogancia amenzaban que con sus armas se harian obedecer. Dividido el ejército con esta competencia, todo andaba desordenado, y cerca de llegar á grande rompimiento, movidos de algunos chismes que se andaban refiriendo.

Desde que lo blanco se oscurece, la desdicha empieza. La práctica y conciencia de todas las virtudes, la posesión de las mejores cualidades, la arrogancia de los más nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un solo extravío.

Pudo Selim II dejar á los de Granada comprometidos, sin mas apoyo que el que les mandó el rey de Argel; pero de todos modos el rey católico obró con cordura y como agente providencial al dar una importancia máxima á aquella insurreccion, puesto que era un anuncio de la grande amenaza que al año siguiente le iba á arrastrar á un combate glorioso contra el turco, y porque contra ella iba á ensayar su militar pericia el glorioso jóven destinado á hundir la arrogancia de la media luna en las aguas de Lepanto.

No acierto, con todo, a divorciarme de ella. Soy de ella. Soy tuyo sin remedio. El vergonzoso y duro desengaño no mata el amor de mi corazón al derribar todo el edificio filosófico que con tanto afán y arrogancia había yo levantado. Se me figura que cae sobre el justo castigo de la soberbia del espíritu.

Qué pensais, varones claros? Revolveis aun todavia En la triste fantasia De dexarnos y ausentaros? Quereis dexar por ventura A la Romana arrogancia Las virgines de Numancia Para mayor desventura? Y á los libres hijos nuestros Quereis esclavos dexallos? No será mejor ahogallos Con los propios brazos vuestros?

Pero «quien no quiere escuchar debe padecerSi por arrogancia y por obstinación corre a su pérdida... Permite, Enriqueta... insinuó el señor Hellinger tímidamente. Yo nada permito, querido Adalberto replicó ella. ¡Quien no quiere escuchar, digo, debe padecer!

Los que han llegado a saborear otros rasgos de Pereda, todavía de más singular y exquisita literatura, de emoción trágica e intensa, de cruda expresión y ardiente colorido; los que recuerdan, quizá con lágrimas, La Leva, El fin de una raza y las mejores escenas de Sotileza, aquí hallarán la misma grandeza y el mismo brío; la misma arrogancia, casi épica, con que el autor realza y ennoblece las catástrofes vulgares y los más desdeñados esfuerzos del trabajo humano, dando nobilísimos ejemplos de una poesía verdaderamente cristiana y verdaderamente moderna.

Palabra del Dia

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