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Actualizado: 10 de octubre de 2025
Firmélos: «Anteo», y el seudónimo sirvió para que mis críticos extremaran la zumba. Entiendo que mi literatura poética no era inferior a la muy aplaudida de los más afamadas poetas de Villaverde, el «pomposísimo» y el Lic. Castro Pérez, quien, de tiempo en tiempo, tenía sus dares y tomares con las esquivas deidades del Parnaso.
Digo esto porque sepa el señor Bacía que le entiendo. -En verdad, señor don Quijote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto, y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra merced sentirse. -Si puedo sentirme o no -respondió don Quijote-, yo me lo sé.
Me metí en un negocio que no entiendo, y como no tengo carácter, todos se han aprovechado de mi pavisosería para explotarme. Al principio, muy bien; la mar salada y sus arenas... Yo recibía el género, venían las señoras y se lo llevaban como la espuma. Como que era todo de lo mejor, y nada caro por cierto.
Nada; y se echaba a temblar pensando en los oscuros fenómenos patológicos de que ella le hablaba, y barruntando la tormenta que traía aparejada su ignorancia del caso. Mujer, yo no puedo decirte... yo no entiendo... llamaremos al médico.... ¡Eso es, al médico! ¡Para estas cosas al médico! Ya que tú no tienes pudor, déjame a mí tenerlo.
Lleva aquí dos días... No entiendo lo que pueda ser. ¿Qué te parece que hagamos? Nada, papá. Si habla, oírle; si no, dejar que pase el tiempo. Ya lo sabremos. ¿Ha venido a casa de sus padres? Bien venido sea. ¿No tiene confianza con nosotros? Pues no se la arranquemos por fuerza. Está frío, indiferente... No: él debe ser así. No es momento de charlar ni quiero molestarte ahora.
Mi criado que me ayudaba á vestir, se quedó mirándome con esa gravedad del que trata de investigar una cosa que no comprende, y por último me dijo no entiendo, señor. Digo, mi buen Quico, si tú crees, por ejemplo, que una india pueda llegar á ponerse muy flaca, muy pálida y muy mala, en puro querer á un hombre. Puede más, señor. ¡Caramba! Puede más. Seguro, más.
Padre mío, dijo la joven mientras ayudaba al anciano á sentarse en cómoda poltrona, olvidáis que estos buenos señores que nos han protegido son también ingleses.... ¡Mil perdones! Pero ¡quién lo dijera! Mirad, señores míos, estas obras de arte que aquí tengo; quizás os interesen, aunque entiendo que allá en vuestra isla no se conoce más arte que el de la guerra.
-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta, que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse. -Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas, decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?
¡Me voy! exclamó el tío Manolillo. ¿Y no almorzaréis con nosotros? El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adiós. Y el tío Manolillo salió sombrío y cabizbajo; se le oyó bajar violentamente las escaleras y salió. No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo dijo Quevedo. Ni yo exclamó Dorotea. ¡Y os ama! ¿Pero cómo me ama?... Sabréislo vos.
Con vuestro deseo, señora, contestó Florela, que a mí se ha pasado por la mucha lealtad y amor que os tengo. No entiendo yo ese pasamiento y trasiego del deseo de una mujer a otra, ni que por lealtad esto suceda, dijo doña Guiomar.
Palabra del Dia
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