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Actualizado: 10 de octubre de 2025
Si usted se explicara más, señora marquesa... No hay para qué, señor don Santiago. Yo me entiendo bien, y esto sobra para mí. Para usted, bástele la seguridad de que no he de encomendar a la justicia el trabajo de liquidar las cuentas entre ambos. Podré ser gastadora, pero no desagradecida. La Esfinge la miró entonces con ojos de curiosidad.
Larra compuso unos versos que le parecían muy buenos, como á todos los principiantes les parecen los suyos, y se los dió á Gallego, á quien le parecieron muy malos, como á todos los maestros les parecen los que lo son. Marianito dijo el maestro, no entiendo lo que usted ha querido decir aquí. Señor D. Juan contestó el aprendiz, lo que yo he querido decir ahí es esto, y esto, y esto.
Hace mucho tiempo que no pongo los pies en Villaverde, y entiendo que mis paisanos son ya más cultos, pues de allá me escriben, y me dicen que ya no son así: que ya no gustan de presentarse mal vestidos; que adoptan las modas acertadamente, y que en las sastrerías villaverdinas se reciben figurines nuevos cada tres meses.
¡Lo comprendo, Clara, lo comprendo! replicó la pobre mujer sollozando ¡pero si supieras...! ¡si supieras...! Demasiado entiendo que por la ley de Dios no merezco ser su esposa y por la de los hombres no debo serlo ya... Sólo quería llegar hasta él y decirle ¡perdóname, Germán! y morir a sus pies... Clara la miró largamente con infinita tristeza y murmuró: ¡Desgraciada Elena!
Será cosa nueva también, como el disgusto. No por cierto. Y ¿cómo no te ha disgustado antes de ahora? Porque la veía más de lejos, y no me apuraba. Pues no te entiendo, hija mía.
Ya se ve; se trata de un triángulo rectángulo; y el caso es que no hay ninguno. No lo hay, pero lo puede haber. Si tuviésemos el encerado ó papel, y regla, lo haríamos desde luego. Es decir que V. habla del triángulo que haríamos... Sí señor. Ya lo entiendo, pero entonces lo tendríamos, mas ahora no lo tendremos. Enhorabuena; pero si lo tuviésemos, ¿no podríamos bajar la perpendicular? Sí señor.
Hasta le parece poco lo que paga. Y con todo, no puedo negarlo: mamá me tiene quejosa. Buena y santa es la inocencia; sí, señor; muy buena y muy santa; pero yo acabo de cumplir diecisiete años, y aunque apenas hace tres meses que salí del Sagrado Corazón de Jesús, no por eso ha de imaginar mamá que soy tonta y que no veo ni entiendo nada. Algo más de ocho años lleva ya de viuda.
¿Nada más?... Nada más. Y decidme: ¿quién os dijo que don Rodrigo Calderón tenía ciertas cartas? ¿Qué cartas?... Cartas que comprometían... No os entiendo, señora. ¡Montiño, estáis comiendo el pan de su majestad!... Eso es muy cierto, señora... pero... suceden tales cosas, que no sé qué hacer... no sé qué decir... Pues es necesario que sepamos á qué atenernos...
No, la firma no contestó la señora confusa y embrollándose; pero, en fin, yo no entiendo de esto; lo único que puedo decirte es que si mañana no entregamos los treinta mil nacionales, el prestamista, que tiene a Esteven por fiador de Quilito, no sé por qué, irá a presentar a ese hombre la letra protestada: esta es la situación.
«Gracias a Dios que viene usted, tía le dijo Isidora reconviniéndola . Siéntese usted; tenemos que hablar detenidamente. ¡Hablar detenidamente! exclamó la vieja puesta en jarras . No digas más; ya entiendo tus detenidamentes. Ya sé que es para pedir dinero. Sí, en cuanto llegó a casa tu D. José y vi su cara de carnero a medio morir, dije: «Ojo al Cristo...». Pues mira, hija, toca a otra puerta».
Palabra del Dia
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