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A lo cual dijo Dorotea que ella haría la doncella menesterosa mejor que el barbero, y más, que tenía allí vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester para llevar adelante su intento, porque ella había leído muchos libros de caballerías y sabía bien el estilo que tenían las doncellas cuitadas cuando pedían sus dones a los andantes caballeros.

La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnífica, el tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tenía en su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego... digámoslo de una vez, ¡era tan hermosa la Dorotea!... ¡amaba de una manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!...

Recibió el grado de bachiller para entrar en la carrera eclesiástica; «pero el amor lo cegó de tal manera, que se olvidó de todoEs de presumir que alude á las relaciones amorosas, que tan bien describe en La Dorotea, á lo menos en lo substancial, y que corresponden á la juventud de Lope, puesto que en otros muchos pasajes de sus escritos, y especialmente en la segunda parte de Filomena, alude á ellas.

Con él, si me ama. ¿Con el señor Juan Montiño? . Yo te daría un consejo. ¿Cuál? Que olvidaras á ese joven. No puedo. ¿Tan enamorada estás da él? Si no estoy enamorada, estoy empeñada. Puede ser que mañana sea demasiado alto para ti. ¡Pero si yo no quiero que se case conmigo! Puede suceder que él se case con otra mujer. ¿Qué habéis dicho? exclamó levantándose Dorotea.

Y así, los dejaron ir delante, y ellos los fueron siguiendo a pie, poco a poco. No dejó de avisar el cura lo que había de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haría, sin faltar punto, como lo pedían y pintaban los libros de caballerías.

¿En qué piensas, hija mía? la dijo. ¡Yo no ! contestó con acento de desesperación Dorotea. ¡Pero estos cofres, estas ropas! Es necesario huir de aquí... ¡Huir! ¿y á dónde?... ¿A dónde? ¡No lo ! ¡no he pensado en ello!

El lacayo tiró el patio adelante y llevó á la comedianta á las altas regiones donde vivía el cocinero mayor. Allí es, señora dijo señalando una puerta á Dorotea. Bien, idos; gracias. El lacayo se fué. Dorotea se quedó sola en una galería estrecha, larga y tortuosa y delante de una puerta. Llamó á ella con impaciencia. Abrióla una mujer joven y bella. Era Luisa.

Montiño alzó los ojos, y su mirada se encontró con la mirada negra y resplandeciente de la Dorotea. Por culpa de la situación, aquellas dos miradas fueron terriblemente criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de despecho, porque había conocido todo el valor aparente de su mirada. Lo mismo y por la misma razón aconteció á Montiño.

Id con Dios, señor duque. Lerma salió, y Dorotea le acompañó hasta la puerta. Cuando oyó el ruido del carruaje del duque, volvió á la sala. En ella estaba ya Quevedo. Confieso que merecéis mucho, hija Dorotea exclamó ; habéis evitado que me prendan, del modo que más me convenía á , y que menos os compromete á vos.

-No digáis más, señora doña Clara -dijo a esta sazón Dorotea, y esto, besándola mil veces-; no digáis más, digo, y esperad que venga el nuevo día, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que tengan el felice fin que tan honestos principios merecen.

Palabra del Dia

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