Vietnam or Thailand ? Vote for the TOP Country of the Week !

Actualizado: 18 de octubre de 2025


Pero María Teresa no la escuchaba ya. Sentada delante del fuego, amodorrada por la fatiga y por el calor que le daba la chimenea, le parecía oír distintamente dos voces en su interior: la una acariciadora, inspirada en las mismas ideas de Diana, que la incitaba a alegrarse de la asiduidad de Huberto; la otra, evocando consideraciones de un orden diferente, dominadora, imperiosa, le aconsejaba que esperase antes de decidirse.

Al pasar junto al sitio donde Juan estaba escondido, Diana decía en son de burla: Te digo que has observado una conducta deplorable, lo cual es de extrañar en ti, que eres tan reservada generalmente. Has bailado tres veces con Huberto Martholl y flirteado con él toda la noche. ¡Vamos, confiesa que te gusta!

Por lo demás, lo repito, mi decisión no data sino del día en que me informé de la solidez de la casa Aubry. Huberto tomó la mano de la señora Martholl y llevándola a sus labios, añadió: Sólo me resta agradecerle a usted sus gestiones. Está bien, hijo.

A lo único que me preocupa es la enfermedad de mi padre, y todo lo que deseo es que se restablezca pronto. En cuanto a lo demás suceda lo que Dios quiera. Huberto encontró por fin algo que le interesaba esencialmente decir.

Huberto, para verla caminar más tiempo así, silenciosa y preocupada, a dos pasos de él, habría querido que Diana fuese más habladora, y la alameda infinitamente más larga. Era un dilettante en materia de vivir. Se felicitaba de haber presentido «una perfección» en María Teresa, y una fuerza creciente lo atraía hacia ella.

Se acordó que había sido con el único objeto de complacer a Huberto; dio vuelta hacia él, a fin de convencerse, a lo menos, de que su presencia lo hacía feliz. Pero Huberto no la miraba, su atención estaba consagrada a la señorita Brandes, que estaba en la escena, y parecía no ocuparse más que de ella. Me alegraría mucho de irme a casa pensaba María Teresa.

Habiendo tenido la suerte de encontrar la famosa gran fortuna en las lindas manos de miss Maud Watkinson, empleó sabias maniobras para poner constantemente a su protegido frente a la joven heredera. De acuerdo con la madre de Huberto, ponderaba, delante de él, a los jóvenes argonautas modernos que saben conquistar el Vellocino de Oro.

El recuerdo de miss Maud Watkinson hizo recordar a Huberto que estaba invitado para la mañana siguiente a una partida de sport en que ella debía encontrarse en casa de los Brimont, en Compiegne.

Huberto cerró el estuche y lo puso en la bandeja, no sin ahogar un suspiro; hasta murmuró: ¡Quién sabe!... En fin, mejor es que sea así... ¡Ah, María Teresa! ¡eres tan linda, sin embargo! Luego, filosóficamente, bebió su , estiró el brazo, tomó un diario, y se puso a leer. Tal fue la oración fúnebre de lo que Huberto creyó ser, de su parte, un grande y delicado amor.

Pero te pido, encarecidamente, que cuando volvamos a París, no pregones a son de trompeta que soy novia de Huberto, pues no lo soy aún. No seas tonta; si algunas veces digo lo que me pasa por la cabeza, es porque no tiene ninguna importancia. Es precisamente lo que te reprocho, querida mía. Si no atribuyes ninguna importancia a lo que dices, no le sucede lo mismo a los interesados.

Palabra del Dia

vadear

Otros Mirando