A ambas les ha entrado un gusto apasionado por los bordados, y se informan del dinero que una mujer puede ganar por día con este género de labor. Para terminar, hay en esto un misterio cuya palabra en vano me desesperaba por encontrar. Ella acaba de serme revelada y sin deber entrar en los secretos de usted antes de lo que le convenga, he creído deber transmitírsela sin retardo.

Viéndoos diariamente, mi buen señor, y habiendo estudiado durante meses los cambios de vuestra fisonomía, podría quizás consideraros un hombre bastante enfermo, aunque no tan enfermo que un médico instruído y vigilante no abrigara la esperanza de curar. Pero no qué decir, la enfermedad parece serme conocida, y sin embargo no la conozco.

Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de periodista; lo uno porque al público no le importarán probablemente, y lo otro, porque a mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista parece el designarlas.

No se ha de excusar replicó. Era realmente un hombre extraño y poco me costaría confesar a usted que llegó a serme odioso... Vivía aún cuando me casé; me hizo su heredera a condición de que mi marido y yo viviríamos con él... No es posible imaginar cómo nos hizo insoportable la vida.

Por eso decía: «Mucho han de variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que la política de mi desventurado país pueda llegar a serme simpática, y como yo, por muchos años que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante para ver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que es ley y en lo que es gobernar, lo mejor será que no me afane por esto, y que deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesos que han de venir, como se miran desde un balcón las figuras de una mascarada».

Como si se me hubiese olvidado todo lo que había sufrido hasta los dieciocho años, como si en mi casa me hubieran mimado, prescindiendo de tanto recuerdo amargo y de algunas cicatrices que tengo repartidas por el cuerpo, quise volver al pueblo, ver los lugares donde había crecido, los rincones donde me escondía para llorar, la cueva donde me encerraban, el camaranchón que llamaban mi cuarto, la cuadra, las mulas, la fuente, todo aquello, en una palabra, que debía serme odioso: en fin, comprendo que era una chifladura ridícula, pero hasta quise ver a mi madre, y a mi padrastro, y a la bribona de la niña. ¿Qué pasó por ? como dicen en las comedias, no lo : pero cuando pensaba en ello decía mentalmente mi familia.

Acaso al hablarme Monte-Cristo, yo, que también me distraigo, dije algo, como acostumbro, en alabanza del talento poético de usted, que tan claro me parece, y él lo aplicó al Himno de que me hablaba, y que yo no podía alabar por serme entonces desconocido. Ahora, que ya le conozco, creo de mi deber dar á usted con toda sinceridad y franqueza la opinión que me pide.

Cometí algunos errores, pasé mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de serme, perfectamente conocidas.

No si a alguno de los hijos de Buenos Aires, nacidos y educados con el espectáculo de la pampa siempre abierta, le habrá ocurrido en su primer viaje en países montañosos el mismo fenómeno que a , esto es, serme necesario un esfuerzo para persuadirme de que en los estrechos valles, en las cuestas inclinadas, vive un pueblo, de hábitos sedentarios y con un organismo social análogo al nuestro.

Por otra parte, tengo motivo para sentir esta noche un contento tal, que no deja lugar alguno en mi corazón para la hostilidad ó el rencor. En fin, obedezco á órdenes, que deben serme más que nunca sagradas. En resumen, vengo á tenderle la mano. Saludéle con gravedad, y le tomé la mano. Ahora agregó, sentándose me hallo más desahogado para desempeñar mi embajada.