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Actualizado: 14 de diciembre de 2025


Cuando Magdalena levantó los ojos que tenía bajos mirando el juego y me vio sentado al otro lado de la mesa, precisamente en frente de ella, dijo con cierto aire de sorpresa: «¿Y bien...?» Pero nuestras miradas se encontraron y algo extraordinario debió advertir en la mía que la turbó levemente y le impidió terminar la frase.

Y en el otro cuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba la cara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso de la pena casi no tenían expresión.

Hasta el murmullo que hacía esta agua al caer tenía algo de más musical y acordado que el que producen otras, y se diría que aquel surtidor cantaba alguna de las más enamoradas canciones de Mozart o de Bellini. Absorta estaba la lavandera mirando aquellas bellezas y gozando de aquella armonía, cuando oyó un grande estrépito y vio abrirse una ventana de cristales.

Querida amiga dijo ésta, apoderándose de la mano que la abuela le ofrecía; qué contenta estoy de ver a usted. Y nosotras también, amiga mía respondió la abuela con política. ¿Conque piensa usted casar a Magdalena? preguntó aquella buena alma. ¿Quién le ha dicho a usted eso? respondió la abuela. Tres personas me lo han afirmado después de la misa de ocho. ¡Ah! replicó la abuela mirando al reloj.

El clérigo que al marroquí protegía era un joven muy listo, algo arabista y hebraizante, que solía echar algún párrafo con él, no tanto por caridad como por estudio. Una mañana observó Benina que el curita joven salía de la Rectoral acompañado de otro sacerdote, alto, bien parecido, y hablaron los dos mirando al ciego moro.

Luego que la tenemos, la amamos. Yo cobré mi billete, los mil francos me parecian una bicoca en presencia de tanto metal, y me quedé estático mirando al coloso. El dinero es el coloso de nuestro siglo. Huyó la casta, y vino el billete. ¡Misterio terrible! decia yo para .

Como si contara ya con ella, dijo muy sosegadamente a su amigo: Cosa de nada, por supuesto, sin consecuencias... Un dolor de cabeza repuso don Alejandro, mirando de hito en hito al otro , que cogió esta mañana... ¿En dónde? preguntó don Claudio después de carraspear. En el paseo respondió Bermúdez, sin dejar de mirar a su amigo . Le alargó algo más que de costumbre, y volvió un poquito sofocada.

Pues, enemigo cruel de mi sosiego y de mi alma, dijo doña Guiomar, que más rudo enemigo que ni le he tenido, ni le tengo, ni tenerle puedo, ni hay criatura que en las impiedades de tal enemistad como la tuya caiga, ¿en qué te detienes? ¿qué aguardas? ¿qué miras? ¿qué dudas, que ya tu tiranía no ejercitas y a todo te atreves, y no mirando más que a tus gustos, por todo no atropellas?

Detenido en ella estuvo un buen rato mirando el cuadro que las dos mujeres y los dos eclesiásticos ofrecían. Entró al fin; limpiose el sudor que mojaba su frente, y tomando una silla la colocó con fuerte golpazo en el punto en que quería sentarse.

El Chiquito de Ciérvana se pavoneaba con la palanca al hombro, presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones. ¡Olé, mi niño! gritaban los mineros. ¡Ené el Chiquito!... Ahora se va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí hay cartera para él!

Palabra del Dia

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