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Segun la nueva tarifa puede tomarse actualmente un carruaje por minutos, no teniendo obligacion de pagar como ántes una hora, sino el tiempo empleado; cada carruaje tiene un reloj fijo para indicar el momento en que se toma. Los alrededores de la colosal metrópoli son tambien dignos de ser visitados por mas de un concepto.

El reloj de la catedral dio las siete y media. De un brinco se puso Quintanar en pie. ¡Media hora! media hora en un minuto; y no he oído el cuarto.... Y Frígilis va a llegar... y yo no he resuelto.... Don Víctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, no podía resolver.

De las Bellas Artes le llaman a ése, y al del otro lado, el palacio de las Artes Liberales, que son las de los trabajos de utilidad, y todas las que no sirven para mero adorno. La historia de todo se ve allí: del grabado, la pintura, la escultura, las escuelas, la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de todo, entre agujas y ruedas de reloj.

Era un reloj de repetición, y en su presencia era forzoso andar con mucho cuidado, porque en seguida le faltaba tiempo para ir con el cuento a su papá. Días antes había hecho reír al buen señor con esta delación inocente: «Papá, dice D. Manuel que yo salgo a ti... en que guardo todos los cuartos que me dan». Lo que le valió un cariñoso estrujón y un beso de su papá querido.

Pero en el asunto de que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle... Aunque creo necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti. Lo veremos dijo sonriendo tristemente doña Clara. Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta? Las doce dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico reloj de pared.

Misia Casilda esperó a que saliera: después, fué derechamente a su cuarto y abrió el venerable armario de caoba; en el fondo del estante mediano había una caja de sándalo... Sentada en una silla baja, empezó a escarbar en la cajita misteriosa: dos onzas de oro de Carlos IV; un par de caravanas de brillantes y perlas, recuerdo de su madre; un anillo con amatista; el reloj de don Aquiles; botones de puño; prendedor de caireles con azabache...

Mi amo D. Félix me ha entregado este reloj de plata con su cadena para que lo regale al tirador que más lejos clave la barra de hierro de quince libras. Y como de mis manos no ha de parecerle tan bien el regalo como de las de alguna chavalita, el mozo que gane el premio queda autorizado para elegir la que mejor le parezca entre las presentes para que se lo cuelgue del chaleco.

Y así, desde hacía horas, vagaba bajo la lluvia. El reloj tocó las tres; en ese momento entró él, chorreando agua, con la mirada empañada, los cabellos mojados, pegados en desorden en su frente. Debía haber sufrido horriblemente. Quise acercarme a él, quise decirle una palabra de consuelo, pero no me atreví. La mirada huraña y sombría que me lanzó, me decía con bastante claridad: «¿Qué quieres?

Oigo el tic-tac del antiguo reloj de familia, y el golpe grave de su timbre resuena en mi oído aún.

8 He aquí, que yo vuelvo atrás la sombra de los grados, que ha descendido en el reloj de Acaz por el Sol, diez grados. Y el Sol fue tornado diez grados atrás, por los cuales había ya descendido. 9 Escritura de Ezequías rey de Judá, de cuando enfermó y sanó de su enfermedad. 10 Yo dije: En el cortamiento de mis días iré a las puertas de la sepultura, privado soy del resto de mis años.

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