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Actualizado: 29 de octubre de 2025


¡Oh, Dios mío, cómo me gusta a la sobreasada...! Hoy mismo la como, aunque me haga daño... te tienes la culpa por haberla mentado... ¡Y por fin, y por fin! ¿quién le hubiera dado a Elena un hotelito en la Castellana, con un budoir tan lindo que no hay otro en todo Madrid, con su serre, con su cuarto de baño...? Mira, vamos a hablar un poco de la casa de Madrid. Voy a desayunarme aquí mismo.

¡Una hereje, una protestante! ¡pobre cura! en eso estaba pensando precisamente desde que oyó decir: «Una americana, madama Scott.» ¡La nueva castellana no iría a misa! ¡Qué le importaba que hubiera sido mendiga! ¡Qué le importaban sus millones de millones, ella no era católica!

Aquí tenemos un salón que usted debía tomar por modelo para el palacio que está usted construyendo en la Castellana. Verdad que no tiene usted allí una pieza tan grande; pero mucho se puede hacer todavía mandando tirar algún tabique». Don José le daba con disimulo codazos y más codazos para que cesara en sus burlas.

Y al cabo, un solo dia de camino se pasa de cualquier modo. ¡Hola! va U. de largo? me dijo con interes disimulado. Hasta Valladolid. Pues nosotros tambien. Mucho lo celebro. Gracias, Señor, respondieron á una. ¿Y...la señorita sobrina de U. no se fatiga mucho en diligencia? Algo, es verdad; pero el viaje distrae siempre, y la paciencia hace lo demas, dijo la hermosa castellana.

Yo he de mostrar agregó, levantando el rostro hacia la lumbre y golpeando con el puño sobre la mesa que aún quedan en la nobleza castellana ánimos capaces de mostrar la vieja valentía.

Tallo gentil y esbelto, como enhiesta palmera donde alegres laboran las abejas su miel, con suave ritmo que los nervios exaspera, como si fuese espíritu de un viejo moscatel. Todo un conjunto armónico y grato que envidiara la ardiente castellana y la impasible miss, la princesa que el cielo de Rusia cobijara y la dama que siente la fiebre de París.

Me acuerdo de aquella tarde en que me dejó usted solo en su carruaje y ordenó al cochero que me llevase á un sitio que llaman la Castellana... ¡Santo Cristo del Amparo!... Señores, aquél era un cruzar de coches á un lado y á otro, lo mismo, lo mismo que cuando se tropieza con un hormiguero en la tierra... Aquellos señorotes y señorotas que iban muy arrellanados me miraban y se reían... Dirían, sin duda: ¿qué diablos vendrá á hacer aquí este pobre cura de aldea?... ¿Y á qué?

En el falso cronicon impreso como obra de Juliano, arcipreste de Santa Justa, se pone la siguiente carta que, aunque apócrifa, va traducida de la lengua latina en castellana, i puesta en este lugar para divertimiento de los curiosos. =Carta de Eleázaro á la sinagoga de Toledo.=

De los Guarayos que se avecindaron en San Juan Bautista había algunos que entendían la lengua castellana, con lo cual pudo el P. Juan Patricio Fernández informarse del Paraguay y del puerto donde los Mamalucos daban fondo para tomar noticias de la tierra de los Chiquitos y aun ellos se ofrecieron á ir con él allá.

No voy á dilucidar aquí si algunas poesías compuestas en España, aunque en lengua arábiga y por muslimes españoles, pudieron ejercer influjo en la poesía castellana; si los cristianos conocían dichas poesías arábigas; si varios romances, como el de la pérdida de Valencia, fueron traducidos ó imitados del árabe; si el arcipreste de Hita, ya en el fondo, ya en la forma, imitó cantares moriscos; y si la elegía de Abul-Beka de Ronda, en su primera parte, fué uno de los modelos que tuvo presente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas.

Palabra del Dia

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