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Al llegar pocos días después, causó espasmos de alegría, tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna de verle. Representaba un puerto de mar, Sarrió al parecer, en las altas horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar.

Todo tiene allí el tipo de lo extranjero, del cosmopolitismo y de la vida independiente de la influencia puramente española. El puerto, resultado de grandes pero incompletos trabajos hidráulicos, que avanzan hácia el mar por un lado, es una bolsa irregular, de unos 1,500 metros de desarrollo.

Al dejar el puerto se sigue por una hermosa calzada de dos leguas de largo, construida por los Jesuitas en medio de un pantano.

El último puerto es Maldonado, el cual está abierto, con la entrada al norte del Plata, y al abrigo de los vientos del este, por una pequeña isla que tiene el mismo nombre. Aquí tienen los españoles un fortin con un destacamento de soldados. No mas de este puerto.

Jamás se ha visto una transformación más radical ni en menos tiempo. Sin embargo, no hubo medio de meter el diente á Tremontorio. Estaba fondeado á dos anclas en su puerto natural, y no había fuerzas humanas que le sacaran de allí.

Despues de cinco horas de navegacion, el champan se atracó al costado del vapor Bogotá, anclado en el puerto de la bodega de Conejo. El paisaje, visto de léjos, no podía ser mas primoroso.

Recuerdo que me eché a dormir sobre la mesa, y cuando me quise dar cuenta de dónde estaba, me encontré, como por arte de magia, a bordo de un gran buque, que salía en aquel instante de la rada de Brest. Pasábamos por delante del Fuerte del Diablo, cuando oímos el cañonazo indicando que se abría el puerto. El barco en donde estaba era un barco negrero.

Fijados que fuesen en este rio y puerto de San José los enemigos, ya estaban en proporcion de invadir á Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Valdivia, Valparaiso y otros muchos pueblos; pues aunados con los indios que habitan estos vastos paises, seria dificultosísimo hacerlos retroceder.

Por allí se deslizaba la vereda, de lastras resbaladizas lo más de ella, en ziszás, entre jarales y arbustos algunas veces; muchas al descubierto sobre la barranca, en cuyo fondo, entenebrecido por las malezas de ambas orillas, refunfuñaban las aguas de los regatos vagabundos encauzadas allí para ir a engrosar por caprichosos derroteros el caudal del río que se despeñaba a nuestra izquierda y al otro lado del Puerto.

Enfrente estaba el mar, que antes oía sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, más pacífico, más solemne; desde allí las olas no parecían sacudidas violentas de una fiera enjaulada, sino el ritmo de una canción sublime, vibraciones de placas sonoras, iguales, simétricas, que iban de Oriente a Occidente.