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Actualizado: 6 de diciembre de 2025
Mi dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa. La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme lectura de los primeros envíos.
O por abatimiento de ánimo, muy natural en la vejez, o por desengaño razonable y justo, veo yo tales faltas en mi propia labor, que no me atrevo a censurar las de aquellos a quienes la gran mayoría de mis compatriotas otorga aplausos y laureles. Digo, pues, al revés del vate de Mantua: paulo minora canamus.
Ya saben ustedes que no transijo con la patria dijo sonriendo . Mientras más la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me atrevo a decir más. Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria mostraba, eran ocasión de empeñadas reyertas entre él y D. Baldomero, que defendía todo lo del Reino con sincero entusiasmo.
Tu abuela se va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición. Anda Genoveva, te lo suplico dije abrazándola. La abuela te lo concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable... ¿Qué hago? preguntó Genoveva a su madre. ¿Debo arriesgarme? Sí respondió la de Ribert. Bien puedes hacer eso por Magdalena.
Como quiera que ello sea, yo no me atrevo aún a decirle que no me da la gana de ir al redil y que fuera de él, y sin pastora ni nada, ya cuidaré que no me coma el lobo. Lo mejor, por lo pronto, es callarme y aguantar sus majaderías.
»¿No lo hace así el propio Dios de cuyo amor inmenso participan también los que no le aman, Dios que no es otra cosa que un gran corazón paternal? »Queda así, pues, decidido: dentro de tres meses Magdalena será la esposa de Amaury, a no ser que... »¡Oh! ¡Dios mío! no me atrevo a proseguir...» Así era en efecto.
Respeto a usted demasiado para dirigirme a usted con frases de una admiración y de una galantería triviales. El único homenaje que me atrevo a rendirle, es poner mi destino en sus manos.
Sí, señor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme jamás. Le confesó que estaba encinta.
¡Echado! ¿Y quién es él para echarte? exclamó con ímpetu el ama. Vé a llamarle. Es menester que yo caliente las orejas, lo mismo a ese necio que a Juanito. ¡Si nos descuidamos van a mandar en esta casa los criados más que los amos! Señora ... yo no me atrevo. ¿Quiere que le envíe recado por Fernando? Haz lo que quieras, pero llámale.
Por esto me atrevo a asegurar que con nadie anheló más fervorosamente ejercer su eficaz magisterio que con el ilustre Pedro Lobo, Ayudante de campo de Juan Manuel Rosas, dictador de la República Argentina.
Palabra del Dia
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