El terror, el coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegría, alternaban en aquellos rostros malditos.

Juanito era feliz. Próximo al ocaso de su juventud, a los malditos treinta años de que hablaba Espronceda, en vez de tristes desengaños experimentaba la alegría de saber que en el mundo hay algo más grato que adorar a la mamá como un ídolo y plegarse a todos los caprichos de los hermanitos.

Dice el tío Isidoro intervino Clara que si esto sigue así van a tener que cerrarse los comercios y se concluirá la industria. ¡Y también se cerrarán las iglesias! recalcó Lola con más calor aún . ¡Malditos revoltosos! ¡A silbar, a silbar debió ir todo el mundo! ¡Psss! ¡Por Dios! suplicó Josefina . Estamos llamando la atención.... Luego dirán que nos metemos en política. Pues yo me meto... ¿y qué?

Y al teatro se iba y vagaba como una sombra espectral del escenario a las butacas y desde aquí a las galerías meditando el efecto que harían tales versos oídos desde lo alto y desde lo bajo, cómo resultarían los apóstrofes y los apartes. Pero hay que decir que aquellos malditos cómicos le llenaban de indignación y excitaban su bilis de un modo alarmante. No tomaban en serio el ensayo de la obra.

«Viento querido, amigo mío, sácame de aquí gritó la pluma agitando su fleco para volar. Levántame; llévame por esos aires de Dios, que no quiero ver tantos horrores. ¡Maldita sea la gloria y malditos los pícaros que la inventaron! Parece mentira que me haya dejado alucinar por tan craso disparate.

¿Por qué aquel telegrama revelador no había llegado el día antes? ¿Por qué venía cuando el «» fatal había sido pronunciado? ¿Por qué era ya tarde para desatar esos lazos malditos? ¿Para qué romper el corazón de una niña ignorante y crédula? ¿Y qué?

Allí, sobre el altar mayor y en el sagrado cáliz, cometieron sacrilegas profanaciones. Pero en medio de la danza y la algazara, la voz del ministro del Altísimo vibró tremenda, poderosa, irresistible, gritándoles: ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos! La sacrílega orgía se prolongó hasta media noche, y al fin, rendidos de cansancio, se entregaron al sueño los impíos.

Allí vivían, en el centro de la hermosa y cuidada vega, formando mundo aparte, devorándose unos á otros; y aunque causasen algún daño á los vecinos, estos los respetaban con cierta veneración, pues las siete plagas de Egipto parecían poca cosa á los de la huerta para arrojarlas sobre aquellos terrenos malditos.

Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó advertir que brotaba una llama azulada.

Hasta yo misma recuerdo que de chica me atusaba el pelo y me estiraba la falda cuando oía arrastrar un sable por las losas del claustro. Es una ceguera que pasa de madres a hijas, y eso que ellos, los malditos, tienen sus primas o sus novias allá en su tierra, y a ellas vuelven así que salen de la Academia. Bueno, tía; pero ¿en qué paró lo de mi sobrina?