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Señor, corto entendimiento Presto se ataja, y más donde Hay tantos y tan discretos. Allá en mi lugar un día Un muchacho en un jumento 2170 Llevaba una labradora, Y perdonad, que iba en pelo. «Hazte allá, que le maltratasIba la madre diciendo; Y tanto hacia atrás se hizo, 2175 Que dió el muchacho en el suelo.

Si hay un hombre-globo, que salga, y le daremos las gracias; mas cuenta con engañarse en sus fuerzas: recuerde que primero hay que subir, y luego hay que dar dirección; y como dice Quevedo, «ascender a rodar es desatino; y el que desciende de la cumbre, ataja», observe que puede sucederle lo que a los demás, que conforme se vaya elevando se vaya viendo más pequeño.

Cuando á un pueblo se le niega la luz, el hogar, la libertad, la justicia, bienes sin los cuales no es posible la vida y por lo mismo constituyen el patrimonio del hombre, ese pueblo tiene derecho para tratar al que así le despoja como al ladron que nos ataja en el camino: no valen distingos, no valen escepciones, no hay más que un hecho, una propiedad, un atentado y todo hombre honrado que no vaya de parte del agredido, se hace cómplice y mancha su conciencia.

A lo que respondió Pepazos al instante: Porque me había empeñau en atajar las yeguas; y como la nievi me servía pa columbralas bien dimpués que cerró la noche... jala, jala, jala, parriba detrás de eyas; torna aquí y ataja acuyá... Y ¿dónde están esas bestias a la presente? le preguntó el Cura.

No te dispares, niña. Tu madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido por gente de Medina que ha estado aquí. ¡Bah! exclamó ella con una mueca de desprecio. ¡Quién ataja las malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido? añadió inclinándose hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador. Pues es que hay muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas.

Retiróse el rey á su estancia, y se reclinó á descansar, y le salteó el eterno sueño de la muerte, que roba las delicias del mundo, y ataja y corta los cuidados y vanas esperanzas humanasConde. Hist. cit., tomo I, cap. La comprobacion de esta verdad se halla en la historia de nuestro arte nacional.

De afectos ni de afeites dijo el Güésped no quiero entender, sino de mi negocio: lo que importa es que mañana hagamos cuenta de lo que me debe de posada, y se vaya con Dios; que no quiero tener en ella quien me la alborote cada día con estas locuras: basten las pasadas, pues comenzando a escribir, recién llegado aquí, la comedia de El Marqués de Mantua, que zozobró y fué una de las silbadas, fueron tantas las prevenciones de la caza y las voces que dió, llamando a los perros Melampo, Oliveros, Saltamontes, Tragavientos, etcétera, y el «¡Ataja, ataja!» y el «¡Guarda el oso cerdoso, y el jabalí colmilludo!», que malparió una señora preñada que pasaba del Andalucía a Madrid, del sobresalto; y en esotra de El Saco de Roma, que entrambas parecieron cual tenga la salud , fué el estruendo de las cajas y trompetas, haciendo pedazos las puertas y ventanas deste aposento a tan desusadas horas como éstas, y el «¡Cierra, España!» , «¡Santiago, y a ellos!», y el jugar la artillería con la boca , como si hubiera ido a la escuela con un petardo, o criádose con el basilisco de Malta , que engañó el rebato a una compañía de infantería que alojaron aquella noche en mi casa, de suerte, que, tocando al arma, se hubieron de hacer a escuras unos soldados pedazos con otros, acudiendo al ruido medio Toledo con la justicia, echándome las puertas abajo, y amenazó a hacer una de todos los diablos; que es poeta grulla, que siempre está en vela, y halla consonantes a cualquiera hora de la noche y de la madrugada.

Una partida de 60 hombres de milicias estaba a la mano; pero todos los soldados sabían que el prófugo era el sargento Araya, y habrían preferido mil veces atacar a los españoles que a este león de los granaderos; don José María Meneses entonces se adelanta solo y desarmado, alcanza a Araya, le ataja el paso, le reconviene, le recuerda sus glorias pasadas y la vergüenza de una fuga sin motivo; Araya se deja conmover y no opone resistencia a las súplicas y órdenes de un buen paisano; se entusiasma en seguida, y corre a detener otros grupos de granaderos que le precedían en la fuga, y gracias a su diligencia y reputación, vuelve a incorporarse en el ejército con 60 compañeros de armas, que se lavaron en Maipú de la mancha momentánea que había caído sobre sus laureles.

Desde por la mañana, desde que he visto salir el sol, he corrido hacia ti; pero la tierra parecía adherirse a mis pies. ¡Mil obstáculos, mil aventuras, mil desgracias! Ya es mi caballo, que cae muerto sin que se comprenda por qué; monto otro caballo, veloz como el viento, y sigo devorando el espacio. Ya es un río que me ataja el camino; me lanzo al agua y lo cruzo a nado.

Aquel santo consejo celebrado, Que dice, del morir nos acordemos En todas nuestras obras bien notado, Seguro que in æternum no pequemos, En nuestro cristianismo consagrado, Creido, y aun sabido bien tenemos, Que ataja la memoria del tormento Y muerte, y gloria al malo pensamiento.