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Actualizado: 14 de octubre de 2026
-En fin -dijo don Quijote-, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y el mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado, y este Tosilos contrahecho. Quédate con él y hártate, que yo me iré adelante poco a poco, esperándote a que vengas.
Y quédate adiós; que hasta que ellos se vayan no pienso volver a esta casa. No le respondió nada Costanza ni él aguardó a que le respondiese, sino volviéndose a salir, cubierto como había entrado, se fué a dar cuenta a Carriazo de cómo sus padres estaban en la posada. Dió voces el huésped a Tomás, que viniese a dar cebada; pero como no pareció, dióla él mismo.
Todavía eres joven, pero yo voy haciéndome ya viejo, y antes que tu primor los años roben y te diga el espejo la verdad de un encanto destruído, permite que te envíe este consejo del corazón, un poco entristecido: Busca el amor oculto en cada cosa, quédate con el alma de la rosa, con su aroma y color; y de las alas de la mariposa toma el vuelo sutil, la gracia leve, y hallarás en la vida, que es tan breve, una divina suavidad de amor.
Pero es condición precisa que tú lleves dos camelias también en la mano, una blanca y otra encarnada: si te gusto, deja caer la encarnada y quédate con la blanca; si no, haz lo contrario. Convenido. Hasta mañana, pues; adiós, adiós hermosa Lucía... Voy a pedir al cielo que seque esta noche todas las camelias encarnadas.
Así que, aprieta un poco las cinchas a Rocinante y quédate a Dios, y espérame aquí hasta tres días no más, en los cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y desde allí, por hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde dirás a la incomparable señora mía Dulcinea que su cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.
23 Y Elcana su marido le respondió: Haz lo que bien te pareciere; quédate hasta que lo destetes; solamente el SE
Quedate, amigo! queda enhorabuena, Porque si yo acabáre aqui la vida En esta empresa de peligro llena, Tu puedas á mi madre dolorida Consolar en el trance riguroso, Y á la esposa de mí tanto querida.
Quédate ordenó brevemente a Montenegro; tengo que hablarte. Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de su tesoro de vinos. Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico en su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.
El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por una angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor; da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos. Es inútil; la mano de Martín lo sujeta. Quédate gruñe a su oído una voz sorda.
Arrojase en la sepultura, y dice: Y quedate, Marquino, que los hados No me conceden mas hablar contigo, Y aunque mis dichos tengas por trocados, Al fin saldrá verdad lo que te digo. O tristes signos, signos desdichados, Si esto ha de suceder del pueblo, amigo, Primero que mirar tal desventura, Mi vida acabe en esta sepultura. Arrojase MARQUINO en la sepultura.