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El ingeniero al decir esto daba tantas vueltas al brazo de la niña, lo manoseaba tanto, que el señor de Ciudad, que contemplaba la operación desde la proa con ojos torvos, no pudo menos de exclamar en tono colérico: Amparo, ¿quieres bajarte esa manga?... ¡Chicuela más tonta!... La niña se ruborizó y bajó la manga.

Pasaron por delante de y no me miraron. Yo me levanté y tomando la espada, herí en el vacío, y en el vacío surgió un manantial de sangre. La vi que se llegaba hacia pidiéndome perdón. La manga de su vestido tocó mi rostro, y me quemó. ¿Ve usted la quemadura, la ve usted? , la veo, la veo. ¡Y todo por María de las Nieves!... Hombre es gracioso. A ver a qué sabe este Montilla.

«Para volver su color natural al cutis que lo tenga amarillento á causa de irritación y frío, debe tomarse el paciente el cocimiento de la corteza del arbol Malobayo. «Para cortar los pujos no hay más que tomar cocimiento de las hojas del arbol Manga.

En este tiempo dio el reloj la una después de medio día, y llegamos a una casa, ante la cual mi amo se paró y yo con él y, derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa.

Así decia la vieja con toda aquella autoridad que su prudencia y sus canas le daban, y miéntras estaba aferrando áncoras un navichuelo que traía un alcalde y dos alguaciles; y era esta la causa de su arribo. No se habia equivocado la vieja en sospechar que el ladron del dinero y las joyas de Cunegunda en Badajoz, quando venia huyendo con Candido, era un frayle Francisco de manga ancha.

Ahora, al notar la libertad con que se tratan ciertas materias y la manga ancha que tiene el autor para algunos deslices, dudo de que el señor deán, cuya rigidez de buena tinta, haya gastado la de su tintero en escribir lo que el lector habrá leído. Sin embargo, no hay bastante razón para negar que sea el señor deán el autor de los Paralipómenos.

Aquí, como para concentrar sus ideas, calló, bajose a tomar un fragmento de cuarzo, y frotándolo pensativo contra su manga, continuó: Otras veces lo había cargado sobre mis espaldas como ahora habéis visto; otras veces lo había traído a esta cabaña, cuando no se podía valer por mismo; más de una vez yo y el borriquito lo habíamos esperado allá arriba, recogiéndolo y trayéndolo a casa cuando no podía hablar, ni le era posible reconocerme.

EN LA FALÚA DE LAS DE CIUDAD. ¡María Julia, Consuelo, mirad qué bonito hace el agua metiendo la mano dentro! ¡Lindísimo! Se va usted a mojar el vestido, Amparo. ¡Mire usted qué penachitos blancos tan monos salen por entre los dedos, Suárez! Preciosos..., pero se va usted a mojar la manga del vestido. Aguarde usted un poco... Me la voy a remangar... Ea, ya está bien... Mire usted, mire usted...

Y se sumió en su melancolía de hombre no comprendido. A uno de los oficiales que hablaba de las riquezas de París con ojos de codicia, lo reconoció de pronto Desnoyers por el brazal que ostentaba en una manga. Era el que había saqueado el castillo. Como si adivinase sus pensamientos, el comisario se excusó. Es la guerra, señor...

La puerta de aquella habitación estaba cerrada; pero apenas Aldea se detuvo ante ella, golpeándola suavemente con los nudillos, una de sus hojas se abrió calladamente hacia fuera, mostrando un brazo de mujer ceñido por una manga de seda roja.

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