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Actualizado: 26 de octubre de 2025


La sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borró; en el semblante de Juan Montiño apareció una expresión de sorpresa, pero no más que de sorpresa. No esperaba ver una mujer tan hermosa. Le había dado de repente en los ojos un relámpago de hermosura. El bufón y Quevedo habían reparado esta circunstancia: la repentina y significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montiño.

Hablábamos de negocios dijo Isidro con repentina gravedad y una expresión de misterio , de un gran negocio que llevamos entre manos. ¡Quién sabe si antes de un año seré rico, muy rico, más que usted, que quiere ir al desierto a roturar la tierra!... Las amistades sirven de mucho, y yo las tengo buenas. La mirada interrogante y asombrada de Ojeda le invitó a continuar en sus confidencias.

No pude comprender el sentido preciso de este lenguaje, tanto más, cuanto que no me explicaba la emoción repentina que brilló en los ojos de la excelente mujer. Di las gracias como convenía y me fuí á pasear mi tristeza á través de los campos.

Y por más que la vista de la muerte, de la muerte repentina y violenta, sea tal que ninguna otra la aventaje en horror, la presencia de ese cadáver no era, sin embargo, lo que producía una emoción más fuerte, sino el aspecto del sobreviviente.

Unos verdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían reformas amenazando con la huelga?... En el Caballista, los que eran propietarios de las viñas mostrábanse enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los cortijos. ¡Aquellos pobrecitos que eran merecedores de mejor suerte!

Sin duda se cansaba, sentía una aversión repentina hacia él, y próximo el momento de la visita, daba orden a los criados para que no le recibiesen. ¡Vaya, se acabó el carbón! decíase el espada al retirarse . Ya no güervo más. Esta gachí no se divierte conmigo. Y cuando volvía, avergonzábase de haber creído en la posibilidad de no ver más a doña Sol.

Cuando la señorita Oyadec se hubo perdido de vista, una idea extraña se ofreció repentina al pensamiento de la señora de Laroque: era que, después de todo, no hubiera hecho mal en dar, además de su admiración, una pieza de cinco francos á la pastora. ¡Alain! exclamó ¡llámela!

A medida que avanzaba el tiempo, sin que la criada volviese al hogar, crecía la angustia del ama, quien, si al principio echó de menos a su compañera por la falta que en el orden material hacía, pronto se inquietó más, pensando en la desgracia que habría podido ocurrirle: cogida de coche, verbigracia, o muerte repentina en la calle.

Fue cosa repentina, provocada por no qué, por esas misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dónde salen. Se acuerda uno de las cosas contra toda lógica, y a veces el encadenamiento de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. ¿Quién creería que Jacinta se acordó de Fortunata al oír pregonar las bocas de la Isla?

¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted! dijo con voz alterada, sin saludar, sin ver siquiera a don Mateo. El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar nada.

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