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La ropa de levantar, Con tanto fino alamar, Era una colcha bordada. 990 Finalmente, no quería Salir, por no verte ansí; Pero como yo la Que para ti se vestía, Por no estar siempre en el traje 995 De trájico embajador, Porfié, y saldrá, Señor, Si la haces pleito homenaje De sola conversación, Como quedó concertado. 1000 ¡Qué ejercicio tan cansado Para mi loca afición!

Una vez aconteció que como un inglés hubiese dicho ser pariente del embajador, y tuviese costumbre de venírsenos a casa cada día, mi amo se enfadaba, porque, demás de no ser su deudo, no tenía calidades ni sangre noble y, sobre todo, era en su conversación impertinente y cansado.

Si el embajador, Hamza-Bajá, se hubiese encontrado en París, hubiera zanjado la cuestión sin duda alguna, imponiendo su autoridad; pero, desgraciadamente, desempeñaba al mismo tiempo las embajadas de Francia y de Inglaterra, y se hallaba entonces en Londres.

La muerte sorprendió a Albuquerque en medio de estos últimos colosales proyectos; pero antes de morir había realizado tan grandes cosas, que el rey D. Manuel, su augusto y dichoso amo, se complació en darlas a conocer al Papa de un modo digno y solemne, y para ello le envió como embajador a Tristán de Acuña, quien había precedido a Albuquerque en el mando de la India y bajo cuyas órdenes al principio Albuquerque había militado.

En Tung-Chou quedé sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandaba a mi encuentro el viejo general Camilloff, heróico oficial de las campañas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekín. Me habían recomendado a él como un sér precioso y raro.

Un vasto palacio, adornado de pinturas y esculturas, que en el siglo pasado edificó el conde D. Cárlos José Gutierrez de los Rios siendo embajador de España en Lisboa, sirve como de engaste al único torreon que queda de aquella preciosa antigualla.

Encamínase á la corte imperial de Alemania Don Rodrigo de Mendoza, embajador de Felipe II. Cerca de Viena es acometido por salteadores, y debe sólo la vida á la llegada imprevista de un valeroso caballero alemán, llamado el conde Ricardo.

Contrariábala mucho tener que decir las cosas a gritos, y temía que se enterasen los criados, la vecindad y hasta el embajador con toda su gente extranjera. ¿Y cómo se podía contar una cosa tan delicada dando berridos, al modo que cantan los serenos las horas, o como los pregones de las calles?

Pidió, pues, con instancia á D. Felipe la asistencia contra los infieles, enviando por embajador á la corte al Comendador Guimarán.

Isabel, inquieta con las ventajas que en Francia iba consiguiendo el Conde de Fuentes, recibió la declaración con doble sentimiento, y comisionó inmediatamente á Sir Henri Unton para que con carácter de Embajador sondeara en París la verdadera disposición del Rey, haciéndole conocer la necesidad en que se veía el Gobierno de Inglaterra de proveer á la propia seguridad, amenazada en aquella isla y en Irlanda.