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Actualizado: 23 de junio de 2025
Fanales suspendidos en la altura, alborada magnífica de Mayo rival eterna de la noche obscura, préstame de tu luz vívido rayo. Envuelta en densa bruma no sabe a donde va la mente inquieta; dale tu luz al alma del poeta, tus tintas a su pluma. Cantar quiero a María Inmaculada, aquel primer momento en que al surgir de la impalpable nada, tuvo lugar el sin igual portento.
Los ensayos sobre el tablado se completaron, y como todo llega en la vida, también llegó la alborada del día del pintacasi del pueblo. Nuestra misión no es describir en esta ocasión tales fiestas, de modo que solo lo haremos en cuanto se refieren á los comediantes.
El toque de alborada, risueño y bullicioso, estremecía de júbilo la silenciosa aldea; las gallinas batían las alas despertándose, ladraban los perros, los puercos gruñían en su pocilga, las vacas sacudían la cadena que las sujetaba en el establo, dentro de las casas oíase rumor de pasos y conversaciones.
Si nuestra voz consiguiese despertar a la villa de Sarrió de su largo sueño y estancamiento, y lográsemos ver lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del movimiento reformista que aspiramos a iniciar, ése será el mejor galardón que recibirán nuestros esfuerzos y sacrificios.» El lenguaje no podía ser más noble y patriótico.
Después de inspeccionarlo todo, me volví á mi casa sin haber podido adquirir noticias referentes á la ermita. Una hermosa y risueña alborada como lo son todas en la India, me despertó, oyendo los ecos del lejano volteo de la campanita que convocaba á los creyentes á la misa del alba. Era viernes.
Del pasado primero el vaho aleve, no empañó un solo instante su pureza semejante a la nieve que del Alpe se posa en la cabeza. ¡Mirad! Allá en su frente, la alborada riente de sus tintas los haces amontona, ciñéndola esplendente y sin rival magnífica corona. ¡Ved!... a sus bellos ojos asoma el rosicler de la mañana y son sus labios rojos envidia de la grana.
Amor parecía que volaba en los aires y lo llenaba todo; amor decían las vihuelas; de amor, escuchando en sus oscuros miradores palpitaba, sin saber por quién, y toda en imaginaciones sin sujeto, doña Guiomar, y amor iba emponzoñando en su dulce veneno el corazón del familiar, que veía delante de sus ojos, aunque allí no estaba, las doradas hebras de los sedosos cabellos de la viuda, y su frente de alabastro, y sus labios, que a una entreabierta granada se asemejaban, y sus ojos, con los que el claro azul del cielo de la alborada no pudiera competir; y batallaba el mísero con aquel amor que tan de súbito se le había metido en el alma, como si hubiera sido tentación de Satanás, y no fuego celeste, que del infierno venía, y había tomado por bellas ventanas por donde asomarse y dejarse ver en la tierra los divinos ojos de la indiana.
El steward contestó rehuyendo sus ojos. Era un obsequio al pasajero de al lado, un alemán que pasaba las noches jugando en el café hasta que apagaban las luces. Sin duda, los amigos le habían dedicado esta alborada por ser su cumpleaños. Y vagó bajo su recortado bigote una sonrisa de servidor discreto que piensa en la hora de la propina y miente por no molestar al señor.
Veíale surgir grande, potente, dispuesto a perecer en la demanda, a recabar con sangre de sus venas su libertad y su honra conculcadas. Y fué obra tuya, tuya solamente; que, sin tí, aún no viera nuestra patria roto el dogal que le estrujaba el cuello y en sus cielos brillando la alborada. ¡Ah! Mucho hiciste.
Si la dama le miraba fijamente, sus mejillas se encendían. Clementina no podía menos de sonreír ante esta inocente alborada de amor. Gozaba con ella llena de curiosidad, alegre de sentirse aún bastante hermosa para inspirar a un niño tan rendida pasión.
Palabra del Dia
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