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Actualizado: 9 de octubre de 2025


Allá lo saben los que lo manejan, y algo tambien yo, pero no es este el lugar ni el tiempo de decirlo.

Además, le revelaré que todos estos hombres forzudos son descendientes de los militares y los personajes masculinos que monopolizaban el poder antes de la Revolución. Ahora viven aparte, formando una casta especial, y, ¿por qué no decirlo?, están sometidos á la esclavitud, y sólo la muerte puede librarles de ella. No lo hacemos por venganza, sino por necesidad y conveniencia.

La pobre lechera entra en nuestra estancia con cierto aire de aturdimiento, casi de confusion. ¿Qué sucede, mi buena señora Fonteral? la pregunté. Luisa está en cama; Luisa está enferma. Esta noticia nos desconcertó á mi mujer y á . ¿Qué tiene? preguntamos aun mismo tiempo mi mujer y yo. No lo que tiene; es decir, no lo y lo ; lo ; pero no decirlo.

Si ha cometido alguna falta... ¿Falta? dijo el joven con tristeza. ¿Pues no decían que era usted un gran pecador? ¡Yo un gran pecador, señora! No será tanto como dicen... continuó doña Paulita, con una sonrisa tan mundana, que no parecía puesta en boca de una santa. -No replicó el joven con efusión; no es tanto como dicen, es verdad. Y si he de decirlo todo....

El peludo Butrón levantó ambas manos al cielo, la Mazacán paseó por la horrorizada concurrencia una mirada de triunfo, y la duquesa, irguiéndose iracunda, exclamó violentamente: ¿Y lo dices con esa frescura?... ¿Y tienes valor para venir a decirlo aquí, en mi casa?...

No había acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre niño. No pudiendo contenerse, Guillermina se levantó y fue hacia la chapa agujereada, y por allí echó estas vehementes expresiones: «¡Hijo mío, esa loca que no viene!... tienes razón... ¡bribona!

Creció su orgullo y aquella languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la familia, a aristocratizarla, por decirlo así.

Permanecía en la tienda lo menos posible; cuando no estaba en la Bolsa, pasaba las horas en el café, mediando en las riñas de «alcistas» y «bajistas», con expresión de superioridad; enganchaba la charrette e iba con Teresa, muy emperejilada, a pasear su nuevo lujo por la Alameda, entre los brillantes trenes, para que supieran más de cuatro que él también, «aunque le estuviera mal el decirlo», era de la aristocracia, de la del dinero, que es la que más vale en estos tiempos; y hasta en su misma casa introducía reformas radicales, pasando la familia con violento salto de la comodidad mediocre a la ostentación aparatosa.

Leer y trabajar como si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que riño pocas veces; pero ya que ha llegado la ocasión, he de decirlo todo; eso es, todo. Frígilis me lo repite sin cesar: «Anita no es feliz». ¿Qué sabe él? Bien sabes que él te quiere, que es nuestro mejor amigo. Pero ¿por qué dice que no soy feliz? ¿En qué lo conoce?...

El aldeano bajó la cabeza, volvió á cambiar de postura, y sin cesar de mirar al sombrero, continuó, al cabo de un rato y tartamudeando: Yo, señor, pa decirlo de una vez ... porque ello es justo, ¡canario!, justo como la ley de Dios, vengo á que usté me pague, ó á que nombre por su cuenta el tasador. El forastero dió un salto en la silla.

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