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Así el P. Miguel; el cual, queriendo al otro día despedirse de ellos, se levantó una gritería y llanto de toda la gente, á quien el deseo del santo bautismo no daba aliento para ver partir al Padre Misionero; mas dándoles palabra de que cuanto antes los volvería á ver, se quietaron; y levantadas al cielo las manos, pedían á Dios les diese feliz viaje y que volviese presto.

Cansóme aquel ejercicio, no por ser trabajo, sino porque veía en él cosas que juntamente pedían enmienda y castigo; y como a estaba más el sentillo que el remediallo, acordé de no verlo, y así, me acogí a sagrado, como hacen aquellos que dejan los vicios cuando no pueden ejercitallos, aunque más vale tarde que nunca.

A la primera insinuación amorosa, brusca, significada más por gestos que por palabras, el ama contestó con un gruñido, y fingiendo no comprender lo que le pedían; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su cuarto, hizo un lío de ropa, símbolo de despedida, porque tenía allí muchos baúles cargados de trapos y otros artículos, y salió diciendo desde la escalera: ¡Señor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.

Después de haber llorado al difunto lo que pedían las conveniencias, Fortunato y Clementina tuvieron una entrevista con el notario, el cual, al ilustrarles sobre las intenciones de su tío, les procuró una sorpresa que no era precisamente en los dos de la misma naturaleza.

Dios la preferencia a los heridos; mas aunque se trató de evitarles toda molestia, fue imposible levantarles de donde estaban sin mortificarles, y algunos pedían con fuertes gritos que los dejasen tranquilos, prefiriendo la muerte a un viaje que recrudecía sus dolores.

Tambien se decia, que los Nicolasistas y Concepcionistas ya venian: los Lorenzistas se escusaban de no haber venido antes de ayer, atribuyéndolo á la larga distancia: los demas preparaban sus armas, y habiendo sido enviados algunos á explorar, observaron la marcha y movimientos del enemigo, y con ansia pedian se juntasen prontamente todas las legiones.

Pedían limosna; deteníanse ante las ventanas de los cafés, dando golpecitos en los cristales; lanzaban miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no les parecía gran pecado: chorar era una ocupación digna de elogio, si se hacía con habilidad y sin riesgo.

Replicó á esto el Duque con tanta soberbia, y con tanto desconocimiento de los servicios pasados, y dixo que se fuesen de su presencia, y se saliesen de su tierra, que él ni les debia, ni les queria pagar lo que con tanta desvergüenza le pedian: que aprestasen luego su salida, si no querian verse muertos ó cautivos.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaba maldito! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; pero un hijo, un hijo como todos!

Tienen en la Península no cuántos parientes duques y marqueses; aún guardan en su casa papelotes antiguos de nobleza, y me pedían mis señas en Buenos Aires para enviármelos, como si esto pudiese interesarme... Luego, no cómo, los yanquis vinieron a chocar igualmente sus copas. ¡Hurra a los Estados Unidos! ¡América sobre el resto del mundo!...