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La desaparición o pérdida del precioso objeto, documento o lo que fuese, encerrado dentro de la bolsita de gamuza, que el muerto había conservado tan cuidadosamente durante tantos años, era ahora, por sola, una circunstancia muy sospechosa, mientras las vagas pero firmes aprensiones de Mabel, que no quería o no podía definir, habían despertado en nuevos recelos sobre la muerte de Burton Blair, recelos que me hacían pensar que había sido víctima de una infamia.

Si lo que él decía era verdaderamente cierto, entonces en la muerte de Burton Blair se encerraba un secreto de los más extraordinarios, reflejo fiel del de su extraña, romántica y misteriosa vida; secreto que era inescrutable, pero absolutamente sin igual.

Mañana tengo intención de ir a la oficina del señor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario de la hija del difunto millonario Burton Blair y acentuando las últimas palabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente. No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí.

Si usted me disculpa y permite, señor Greenwood, le diré que pienso que es inútil estemos combatiendo de esta manera, teniendo en vista que yo mucho más de Burton Blair y de su vida pasada, que lo que usted sabe. Aceptado le dije. Blair fue siempre muy reticente. Se consagró a resolver un misterio y consiguió su objeto.

Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto, pues en él se juega el secreto que le ha sido legado ¡el secreto de los millones de Burton Blair! Y tengo la intención de recuperarlo declaré con firmeza. Yo espero que lo conseguirá, señor exclamó en una voz que me pareció llena de doble significado. Espero que lo conseguirá replicó de nuevo.

Se descubrió que Burton Blair había padecido de debilidad natural al corazón, y que el desenlace fatal había sido acelerado por el movimiento del tren.

Antes de que pasemos adelante, sin embargo continuó, de pie, con sus manos metidas dentro de las anchas mangas de su hábito, voy a preguntarle si tiene usted la intención de observar los mismos métodos que puso en práctica el señor Blair, el cual adjudicaba una octava parte del dinero derivado del secreto a nuestra orden de capuchinos. Ciertamente que repliqué, algo sorprendido.

Sin embargo, había desaparecido... robado, probablemente, por sus enemigos. Es una copla curiosa sonrió el abogado. Pero el pobre Blair tenía, según creo, poca cultura literaria. Poseía mayores conocimientos marinos que poéticos.

Encima de una mesa lateral había una hermosa fotografía del pobre Burton Blair colocada en un pesado marco de plata, y en una esquina su hija había prendido un moñito de crespón como homenaje a la memoria del muerto. La gran casa estaba llena de esos delicados rasgos femeninos que revelaban la dulce simpatía de su carácter y la plácida tranquilidad de su vida.

Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeña mesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profunda solemnidad: Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, en estos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos. Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada uno de estos hombres?

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