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Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró. Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos: ¡Don Francisco de Quevedo! Haced, señora, que me den tintero y papel dijo Quevedo entrando. Os lo daré yo dijo la condesa . ¿Pero qué es esto, amigo mío? dijo cuando quedaron solos.

Fastidiado el señor Cané, cuando, en la flor de la edad ha recorrido las más altas posiciones de su país, no encontrando por doquier sino sonrisas, no pisando sino sobre flores, ¡niño mimado de la diosa Fortuna! ¿No será quizá ese aparente fastidio un verdadero lujo de felicidad?...

Cualquiera hubiese creído que eran dos mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el pecho, recogida la falda, tan caído el velo que no se le veía más que la punta de la nariz; salía derecha, irguiéndose para parecer más alta, suelta la falda, el velo echado hacia atrás y pisando fuerte; nada, dos personas distintas.

¿Y no se puede levantar esta baldosa? indicó ella, pisando fuerte en ella. ¿Esta baldosa? repitió Deogracias, poniéndose de pie y mirando a su ama como se mira a la persona de cuya razón se duda . Por poderse... avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino de casa... Pero...

La tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por y todos juntos, daban manifiestas señales que el día, que al aurora venía pisando las faldas, había de ser sereno y claro.

Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando la nieve convertida en fango, encontró su vivienda en revolución. Venía alegre: había logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvidó su gozo al ver a la Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho, sumida en el sopor de la crisis. Habíase repetido el ataque.

El mayor moscón continuó Rafael , con su indefectible desmaña, le dijo que todas cuantas cantantes había oído, sólo la Grisi lo hacía mejor que ella. A lo cual respondió con frialdad: «pues una vez que la Grisi canta mejor que yo, hacéis mal en oírme a en lugar de oírla a ella». En seguida llegó sir John dando la mano y pisando a todo el mundo.

Arriba, ciudadanos, Dando de ¡alarma! el grito Alzad vuestra bandera, Rodead el patrio altar, Antes que el nuevo Atila Pisando vuestras sienes Os haga á latigazos Del polvo levantar. De frente, infantería! La boca en el cartucho, La cara al enemigo, La mano en el fusil, Soldados, adelante, Rompamos esas filas: Quien caiga será grande, Quien huya será vil!

Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un tamiz finísimo: «Nena, nena... ahora que no te me escapas». Fortunata no hizo movimiento alguno. Se había convertido en estatua. Creía estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando como los gatos.

La serie de impresiones que Paz experimentó pisando salones de casas extrañas, no fue, sin embargo, tan agradable como la que sintió entrando a reinar en su propio hogar.

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