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Actualizado: 28 de octubre de 2025
Y, riéndose satisfecho, casi triunfante, volvió a guardar en su pecho, con todo cuidado, su precioso tesoro; luego se puso de pie y quedó parado dando la espalda al fuego, en la actitud de un hombre que confía completamente en lo que está escrito en el libro del destino.
Mientras estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejo harapiento, que hacía más de media hora que se había puesto pensativo, exclamó de pronto: Se me ha ocurrido una idea extraña, señor.
Sed caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos. ¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora! ¿No os he dejado una prenda? Pero... No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós. Y la tapada tiró una calleja adelante. El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso.
Manolita, una chatilla de ojos negros y boca grande con dientes preciosos, preguntó a León qué hora era. Este, sacando el reloj, respondió que las diez y cuarto. El reloj del conde estaba parado: eran ya cerca de las doce. Esta equivocación hizo gozar vivamente a las niñas. Manolita, sobre todo, quería desvestirse de risa.
Su marido, D. Ambrosio, era un personaje político de cuarta o quinta magnitud, si bien con esperanzas más o menos fundadas de llegar a serlo de primera, ya que poseía notable desenfado, gran facilidad de palabra y otras brillantes prendas. Por lo pronto, D. Ambrosio estaba como parado, por no decir extraviado en su carrera.
Pronto como el rayo atacó á su vez, mas la espada de Tránter apartó violentamente la suya y continuando su giro descargó otro tajo terrible, que si bien fué parado á tiempo, sobrecogió á los espectadores amigos de Roger.
Pasaron por debajo de la ventana de Herminia, que aún estaba abierta, y Roussel se les reunió sin hacer una pregunta y sin que pareciese que había reconocido á Bobart. Atravesaron el parque, pero en vez de dirigirse hacia el foso, llegaron á una puerta practicada en el muro. Bobart la abrió y á cincuenta pasos vió un coche que estaba parado en la esquina de un camino de travesía.
El portero, que era hombre de mal genio con los humildes, le contestó con muy desagradable talante que no estaba. Lázaro se quedó parado un buen rato, mirando al portero, como si le pareciera inverosímil la declaración de aquella sibila con gabán galonado. Este creyó que no lo había dicho bastante claro, y repitió: ¡No está!
La costa del Brasil está temblando, Sabiendo de Rui Diaz la venida, Que piensan que se viene apoderando De todo lo que halla de corrida: Pues saben como ha andado conquistando, Y que tiene la tierra así rendida; Y no sabe que quiere Melgarejo: Mas ved en que ha parado su consejo.
Viendo lo cual, Marcos Divès quedose pensativo. «Si nos rodean pensaba no podremos procurarnos víveres, y será preciso rendirse o morir de hambre.» Veíase perfectamente al estado mayor enemigo parado, a caballo, alrededor de la fuente de la aldea de Charmes.
Palabra del Dia
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