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Llegaban á sus oídos los ruidos de la tienda, pero no los percibía; en cambio notaba perfectamente las vueltas que Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo apareció ésta y le dijo desde la puerta: ¿Quiere usted venir á ver el baúl? ¿Para qué? Para saber si me llevo algo que le pertenezca.

Estaba gordo, i encendióse en lo interior de manera que aun cuando no llegaban las llamas, ardian sus carnes como un tizon, i rebentando por medio se le cayeron las entrañas

No se citaba, durante su matrimonio, un solo triunfo que el amor hubiese alcanzado sobre ella. Había sabido infundir, o sin saberlo ni pretenderlo ella, había infundido esperanzas que no llegaban a cumplirse. Hasta ya viuda, Elisa no había tratado con frecuencia al Conde de Alhedín. Verle y desear enamorarle fué en ella todo uno.

Era un hermoso castillo en un bosque, «la más romántica residencia, para una mujer, que acaso comparte con usted, a su manera, las añoranzas del campo y sus aficiones de solitarioPor su parte Magdalena le escribía a Julia, sin duda con fraternales expansiones que no llegaban hasta . Una sola vez, durante aquellos meses de ausencia, recibí una breve carta suya hablándome de Agustín.

Llegaban a esta puerta, cuando Bettina dijo a Juan, de repente: ¡Ah, señor! hace tres horas que tengo una pregunta que haceros. Esta mañana, de llegada, encontramos en el camino a un joven alto, delgado, de bigotes rubios; montaba un caballo negro y nos saludó al pasar. Es Pablo de Lavardens, un amigo mío.

Las hostilidades de que fueron objeto los sacerdotes y soldados, la alevosa muerte que dieron los isleños á más de uno, y las dificultades que oponían, ora en la resistencia pasiva, ora en el éxito de las armas, motivaron el que poco á poco, y á medida que llegaban las naos se fuera aumentando el personal de guerra, y que el inofensivo y modesto establecimiento que se levantó en un principio, se perfeccionara tomando el carácter que distingue la conquista, y la persuasión, las armas y la fe, la suavidad de los principios del cristianismo, y los mortíferos estragos de la metralla; participando bien pronto el establecimiento de la abadía y del fuerte; del campanario y de la atalaya; de la cruz y de la espada.

Cayeron enfermos casi todos sus compañeros, que llegaban á sesenta, porque se marearon con extraordinaria inapetencia y fastidio de la comida; á que se siguieron otras enfermedades, de que murieron ocho de los Jesuitas, como dije en la vida del P. Caballero, que pasó también á Indias en esta ocasión.

La primera tertulia de la marquesa de Torrebianca terminó después de media noche, hora inusitada en aquel destierro. Solamente ciertos sábados, en que los trabajadores recibían la paga de medio mes, llegaban á horas tan avanzadas las fiestas en el boliche del Gallego.

Cuando estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con Ventura.

No se percibía otro ruido que el chirriar de las ruedas y el de la lluvia batiendo el imperial, cuando de repente la diligencia se paró, y oímos unas voces que llegaban confusamente hasta nosotros.

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