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Actualizado: 30 de septiembre de 2025
Usted ha tenido razon y ahora vengo á decirle: ¡arme mi brazo y que la revolucion estalle! ¡Estoy dispuesto á servirle con todos los desgraciados!
El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída, que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como los obreros manuales.
Verdad, D. Álvaro... Es usted uno de los hombres más desgraciados que he conocido. Por lo mismo creo que, o no hay justicia en el cielo, o recibirá en él la recompensa de sus dolores si se arrepiente en este instante de sus pecados... y también de sus ideas anticristianas. Estas últimas palabras las pronunció el padre Gil en voz más baja, como si sintiera vergüenza.
Lo menos... desde hace dos meses..., sin hablar de los que se han quedado en Alsacia y del otro lado del Rin; porque, como usted comprenderá, no hay carros para todos, y, además, muchos no valen la pena de que se les traslade. Sí, lo comprendo; pero ¿por qué están aquí esos desgraciados? ¿Por qué no los llevan al hospital?
La mayor parte de la tripulación vaciló entre seguir desalojando el agua y acudir en socorro de aquellos desgraciados; y no sé qué habría sido de ellos, si la gente de un navío inglés no hubiera acudido en nuestro auxilio.
El hombre de fatiga siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso. Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los desgraciados de blusa?...
Yo soy humano; yo compadezco á los desgraciados; yo les ayudo en lo que puedo, porque así nos lo manda la Humanidad; y bien sabéis todas que como faltéis á la Humanidad, lo pagaréis tarde ó temprano, y que si sois buenas tendréis vuestra recompensa.
Podía tolerarse en un hombre cargado de hijos, que siente á todas horas el imperioso deber de su subsistencia y sufre miedo; pero él estaba solo en el mundo. Todos somos desgraciados, príncipe. ¿Quién no conoce ahora el dolor y la muerte?
Su gobierno es de por vida, y si la Providencia hubiese de consentir que muriese pacíficamente como el doctor Francia, largos años de dolores y miserias aguardan a aquellos desgraciados pueblos, víctimas hoy del cansancio de un momento.
Te amo con el amor más grande que puede abrigarse en corazón de mujer; como saben amar los pobres y los desgraciados. ¿Nunca te han contado las desdichas de mi vida? ¿Nunca? Pues si no las sabes, si tus tías no han querido referirte mi historia, óyela de mis labios. Acaso debí contártela antes de dar oídos a tu amor, antes de confesarte mi cariño.
Palabra del Dia
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