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Actualizado: 2 de diciembre de 2025


Todo había terminado: ni hermosura, ni gloria, ni siquiera salud le guardaba el porvenir. Soy vieja a la edad en que otras mujeres empiezan el verano de su vida. Los años han caído sobre de golpe: llevo el peso de los míos y los de las otras que son felices... Las desgraciadas cargamos con nuestra edad y las edades de las que siendo dichosas prolongan su juventud.

¿Era este paisaje el mismo que habían contemplado los concurrentes al Casino? Ahora flotaban sobre él vaporosos velos de brumas, y aquella tierra normanda color verde de esmeralda pálida, sin horizontes, humedecida por la niebla, parecía salida, como en las primeras edades del mundo, de las ondas y del caos.

Profunda cuestión es ésta. Yo no quisiera entrar en ella, pero se me pone por delante a pesar mío. Yo veo desde luego que en las antiguas edades sentían los hombres del Mediodía y celebraban, por lo menos con igual entusiasmo que hoy los del Norte, la vuelta de la primavera. Atis resucitado, Osiris resucitado y Adonis resucitado lo atestiguan.

Y cuando baje la idea desprendida del celaje, volverá a fulgurar sobre otras frentes, para trocarse en frescos manantiales de futuros torrentes que llenarán el mar con sus caudales: correrá como inmensa catarata propulsora de ineptas voluntades, en cuyo albo remanso se retrata el vago porvenir de las edades... A JOS

En el tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de conversación, de dominó y ajedrez, había siempre las mismas personas, los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar donde se reunían todos los oficios, todas las edades, todas las ideas, todos los gustos, todos los temperamentos.

Sebastián no dudó ni un instante que la monstruosa aldeana fuese soltera, solterísima, y no digo solterona, porque la suma fealdad, como la suma belleza, no permite el cálculo de edades.

Las aceras animadas van poblándose de seres que en las místicas edades esculpieron su vivir; a la luz de la leyenda pasan hombres y mujeres, con sus gozos y sus duelos, su llorar y su reir. Una dama que en el manto se arrebuja el lindo talle se ve entrar en una iglesia; y, al oirse la oración, un hidalgo que se para en la esquina de una calle y el chambergo se destoca con cristiana devoción.

Pero todas tenían miedo de ser quemadas y no escribieron sus edades correctamente. Cada una se quitó muchos años. 25 La que tenía noventa, por ejemplo, escribió cincuenta; la de sesenta, treinta y cinco, etc. Recibió el picarón las nuevas cédulas y luego sacó las del día anterior. Había dicho que las había perdido pero no era verdad. Comparó las nuevas cédulas con las otras y dijo: 25

Es interesante observar en España, en tan remotas edades, esa costumbre ingénita que lleva en gérmenes dramáticos innegables, y que no sólo contribuyó al desarrollo del talento mímico, sino que pasó más tarde á la escena.

Observa Bagehot, por ejemplo, cómo los inmensos beneficios positivos de la navegación no existirían acaso para la humanidad, si en las edades primitivas no hubiera habido soñadores y ociosos seguramente, mal comprendidos de sus contemporáneos a quienes interesase la contemplación de lo que pasaba en las esferas del cielo.

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