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Actualizado: 1 de octubre de 2025
Isidro, en sus tiempos de estudiante, había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música, arrastrando a su pareja.
La corrompió para unirla a su suerte; después, cuando el desencanto llegó, las frías lecciones de la realidad le hicieron ver que se había equivocado, que a su hermosa discípula la faltaba algo y la faltaría siempre para llegar a verdadera estrella.... le faltaba la voz y la flexibilidad suficiente de garganta.
Resulta de ello, que esceptuando algun raro capista ó sirviente que tuvo á su cargo los museos durante años y años, jamás se supo de ninguno que haya sacado provecho de las lecciones de memoria con tanto trabajo aprendidas. Pero volvamos á nuestra clase.
Cuando terminasen los compromisos con el empresario, se establecerían en Buenos Aires o en otra ciudad. Ella y su marido darían lecciones de canto. Karl podía emprender una de las muchas carreras prácticas que enriquecen a los ciudadanos de los países jóvenes.
Sin comunicar el pensamiento con nadie, escribió a un amigo de París, el cual buscó en las salas de armas de esta ciudad algún auxiliar o prevot que quisiera expatriarse. Al cabo de algún tiempo se halló uno que, mediante la cantidad de dos mil francos anuales, y dejándole libertad para dar lecciones, consintió en venir a establecerse en la villa del Cantábrico.
Enderezóse la otra bruscamente, como si la idea de que trabajase para vivir la ofendiera demasiado. Me había dicho el marqués que daba usted lecciones de pintura. ¡Oh!, no, no. No soy profesora: discípula, pobre discípula.
A cambio de sus lecciones, Argensola recibía el mismo trato que un esclavo griego de los que enseñaban retórica á los patricios jóvenes de la Roma decadente. En mitad de una explicación, su señor y amigo le interrumpía: Prepárame una camisa de frac. Estoy invitado esta noche.
No creía el Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte, combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente enlazaba el recuerdo de la mañana, de su paseo y conversación con Petra, con las escenas también campestres en que temía groseramente ver enredada a la Regenta.
Ahora bien; la señorita Dora, al recibir el anónimo, no se ha espantado ni ha intentado torturar a su prometido exigiéndole que se lo confiese todo. Ha releído la carta sin firma: «Su prometido tiene una querida, que vive en la calle Molitor, número 26, y que se gana la vida dando lecciones de arte industrial; se llama Julia Duval. Trátase de una buena muchacha, víctima de un impostor.
Le toqué en el hombro, y él, al volverse, me miró impasible, sin mostrar ni alegría ni desagrado. Lord Gray le dije ha tiempo que estoy esperando la última lección de esgrima. Hoy no tengo humor para lecciones. La necesitaré pronto. ¿Va usted a batirse? ¡Qué felicidad! ¡Hoy tengo yo un humor!... Deseo atravesar a cualquiera. Yo también, lord Gray.
Palabra del Dia
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