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Actualizado: 26 de diciembre de 2025


La numerosa juventud que el Colegio de Ciencias Morales, fundado por Rivadavia, había reunido de todas las provincias, la que la Universidad, el Seminario y los muchos establecimientos de educación que pululaban en aquella ciudad que tuvo un día el candor de llamarse la Atenas americana habían preparado para la vida pública, se encontraba sin foro, sin Prensa, sin tribuna, sin esa vida pública, sin teatro, en fin, en que ensayar las fuerzas de una inteligencia juvenil y llena de actividad.

¡Las lágrimas que me hizo verter ese maldito en los meses que estuve en casa hasta que volví al convento! Me puso un reglamento más estrecho que el del colegio. Desde que me levantaba hasta que me iba a la cama, no tenía un momento mío. Ahora quiso hacer lo mismo... ¡pero ya me lo he sabido sacudir!... Bueno añadió, haciendo un gesto con la mano, como si alejase ideas enfadosas de la mente.

Á fin de darle la triste noticia, fué á verle al colegio y quedó conmovido ante aquel rubillo que lloraba á lágrima viva, solo, enteramente solo ya, y sin otro apoyo que el de un extraño. Las palabras afectuosas que Fortunato no había encontrado para Clementina, acudieron á sus labios para Mauricio.

Saturada también de estas máximas su hija, apenas comenzó a concurrir al entonado colegio en que quiso darle educación su madre, hubo que retirarla de él. Era ya la niña medio montuna por naturaleza, y con las predicaciones de Juana llegó a hacerse indomesticable.

Una tarde en que paseaba con mi buen amigo el Padre Ibáñez, por delante de la línea de verdura que se extiende desde el colegio á la administración, observé que el Padre, siempre que pasábamos frente al Gobierno, miraba con detención el hueco del balcón que media el edificio.

Ella misma admiraba su laboriosidad. ¿Quién podía haber supuesto años antes tales cualidades en la dueña del lujoso palacete de la Avenida del Bosque, que los más de los días se levantaba á las tres de la tarde?... Todo se lo debo á mamá. Me eduqué en un colegio de Inglaterra cuando era de moda sustituir el ejercicio físico de los sports con los trabajos domésticos.

»Aun no le he dicho a usted la causa de la sombría tristeza que noté en mi madre la última vez que recibí su visita en el colegio.

Imagine usted que antes de ingresar en el colegio, al que fui más tarde, ni un solo día dejé de ver aquel campanario que se distingue allá lejos, viviendo en los mismos lugares y observando las mismas costumbres, y comprenderá que al encontrar hoy las cosas de entonces en igual ser y estado que las conocí y las amé, siga amándolas.

Hoy he tenido una agarrada en el Colegio Platónico. Tristán sin interrumpir su paseo dejó escapar por la nariz un sonido que indicaba que le había oído. , una agarrada con el director y por tu causa. ¿Por mi causa? expresó de mala gana el joven dignándose apenas volver la cabeza.

¡Tate, y qué gran cosa es el muchacho éste, que se ruboriza como una doncella y al propio tiempo sermonea como todo el sacro Colegio de Cardenales! exclamó el arquero.

Palabra del Dia

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